martes, 5 de enero de 2016

Las mil y una noches con Borges



LAS MIL Y UNA NOCHES
SEÑORAS, SEÑORES:
Un acontecimiento capital de la historia de las naciones occidentales es el descubrimiento
del Oriente. Sería más exacto hablar de una conciencia del Oriente, continua, comparable a la
presencia de Persia en la historia griega. Además de esa conciencia del Oriente —algo vasto,
inmóvil, magnifico, incomprensible— hay altos momentos y voy a enumerar algunos. Lo que me
parece conveniente, si queremos entrar en este tema que yo quiero tanto, que he querido desde la
infancia, el tema del Libro de Las mil y una noches, o, como se llamó en la versión inglesa —la
primera que leí— The Arabian Nights: Noches árabes. No sin misterio también, aunque el título es
menos bello que el de Libro de Las mil y una noches.
Voy a enumerar algunos hechos: los nueve libros de Herodoto y en ellos la revelación de
Egipto, el lejano Egipto. Digo “el lejano” porque el espacio se mide por el tiempo y las
navegaciones eran azarosas. Para los griegos, el mundo egipcio era mayor, y lo sentían misterioso.
Examinaremos después las palabras Oriente y Occidente) que no podemos definir y que son
verdaderas. Pasa con ellas lo que decía San Agustín que pasa con el tiempo: “¿Qué es el tiempo? Si
no me lo preguntan, lo sé; si me lo preguntan, lo ignoro”. ¿Qué son el Oriente y el Occidente? Si me
lo preguntan, lo ignoro. Busquemos una aproximación.
Veamos los encuentros, las guerras y las campañas de Alejandro. Alejandro, que conquista
la Persia, que conquista la India y que muere finalmente en Babilonia, según se sabe. Fue éste el
primer vasto encuentro con el Oriente, un encuentro que afectó tanto a Alejandro, que dejó de ser
griego y se hizo parcialmente persa. Los persas, ahora lo han incorporado a su historia. A
Alejandro, que dormía con la Ilíada y con la espada debajo de la almohada. Volveremos a él más
adelante, pero ya que mencionamos el nombre de Alejandro, quiero referirles una leyenda que, bien
lo sé, será de interés para ustedes.
Alejandro no muere en Babilonia a los treinta y tres años. Se aparta de un ejército y vaga por
desiertos y selvas y luego ve una claridad. Esa claridad es la de una fogata.
La rodean guerreros de tez amarilla y ojos oblicuos. No lo conocen, lo acogen. Como
esencialmente es un soldado, participa de batallas en una geografía del todo ignorada por él. Es un
soldado: no \e importan las causas y está listo a morir. Pasan los años, él se ha olvidado de tantas
cosas y llega un día en que se paga a la tropa y entre las monedas hay una que lo inquieta. La tiene
en la palma de la mano y dice: “Eres un hombre viejo; esta es la medalla que hice acuñar para la
victoria de Arbela cuando yo era Alejandro de Macedonia.” Recobra en ese momento su pasado y
vuelve a ser un mercenario tártaro o chino o lo que fuere.
Esta memorable invención pertenece al poeta inglés Robert Graves. A Alejandro le había
sido predicho el dominio del Oriente y el Occidente. En los países del Islam se lo celebra aún bajo
el nombre de Alejandro Bicorne, porque dispone de los dos cuernos del Oriente y del Occidente.
Veamos otro ejemplo de ese largo diálogo entre el Oriente y el Occidente, ese diálogo no
pocas veces trágico. Pensamos en el joven Virgilio que está palpando una seda estampada, de un
país remoto. El país de los chinos, del cual él sólo sabe que es lejano y pacífico, muy numeroso, que
abarca los últimos confines del Oriente. Virgilio recordará esa seda en las Geórgicas, esa seda
inconsútil, con imágenes de templos, emperadores, ríos, puentes, lagos distintos de los que conocía.

J o r g e L u i s B o r g e s S i e t e n o c h e s
2 2
Otra revelación del Oriente es la de aquel libro admirable, la Historia natural de Plinio. Ahí
se habla de los chinos y se menciona a Bactriana, Persia, se habla de la India, del rey Poro. Hay un
verso de Juvenal, que yo habré leído hará más de cuarenta años y que, de pronto, me viene a la
memoria. Para hablar de un lugar lejano, Juvenal dice: “Ultra Aurora et Ganges”, “más allá de la
aurora y del Ganges”. En esas cuatro palabras está el Oriente para nosotros. Quién sabe si Juvenal
lo sintió como lo sentimos nosotros. Creo que sí. Siempre el Oriente habrá ejercido fascinación
sobre los hombres del Occidente.
Prosigamos con la historia y llegaremos a un curioso regalo. Posiblemente no ocurrió nunca.
Se trata también de una leyenda. Harun al-Raschid, Aarón el Ortodoxo, envía a su colega
Carlomagno un elefante. Acaso era imposible enviar un elefante desde Bagdad hasta Francia, pero
eso no importa. Nada nos cuesta creer en ese elefante. Ese elefante es un monstruo. Recordemos
que la palabra monstruo no significa algo horrible. Lope de Vega fue llamado “Monstruo de la
Naturaleza” por Cervantes. Ese elefante tiene que haber sido algo muy extraño para los francos y
para el rey germánico Carlomagno. (Es triste pensar que Carlomagno no pudo haber leído la
Chanson de Roland, ya que hablaría algún dialecto germánico.)
Le envían un elefante y esa palabra, “elefante”, nos recuerda que Roland hace sonar el
“olifán”, la trompeta de marfil que se llamó así, precisamente, porque procede del colmillo del
elefante. Y ya que estamos hablando de etimologías, recordemos que la palabra española “alfil”
significa “el elefante” en árabe y tiene el mismo origen que “marfil”. En piezas de ajedrez orientales
yo he visto un elefante con un castillo y un hombrecito. Esa pieza no era la torre, como podría
pensarse por el castillo, sino el alfil, el elefante.
En las Cruzadas los guerreros vuelven y traen memorias: traen memorias de leones, por
ejemplo. Tenemos el famoso cruzado Richard of the Lion-Heart, Ricardo Corazón de León. El león
que ingresa en la heráldica es un animal del Oriente. Esta lista no puede ser infinita, pero
recordemos a Marco Polo, cuyo libro es una revelación del Oriente (durante mucho tiempo fue la
mayor revelación), aquel libro que dictó a un compañero de cárcel, después de una batalla en que
los venecianos fueron vencidos por los genoveses. Ahí está la historia del Oriente y ahí
precisamente se habla de Kublai Khan, que reaparecerá en cierto poema de Coleridge.
En el siglo quince se recogen en Alejandría, la ciudad de Alejandro Bicorne, una serie de
fábulas. Esas fábulas tienen una historia extraña, según se supone. Fueron habladas al principio en
la India, luego en Persia, luego en el Asia Menor y, finalmente, ya escritas en árabe, se compilan en
El Cairo. Es el Libro de Las mil y una noches.
Quiero detenerme en el título. Es uno de los más hermosos del mundo, tan hermoso, creo,
como aquel otro que cité la otra vez, y tan distinto: Un experimento con el tiempo.
En éste hay otra belleza. Creo que reside en el hecho de que para nosotros la palabra “mil”
sea casi sinónima de “infinito”. Decir mil noches es decir infinitas noches, las muchas noches, las
innumerables noches. Decir “mil y una noches” es agregar una al infinito. Recordemos una curiosa
expresión inglesa. A veces, en vez de decir “para siempre”, for ever, se dice for ever and a day,
“para siempre y un día”. Se agrega un día a la palabra “siempre”. Lo cual recuerda el epigrama de
Heine a una mujer: “Te amaré eternamente y aún después”.
La idea de infinito es consustancial con Las mil y una noches.
En 1704 se publica la primera versión europea, el primero de los seis volúmenes del
orientalista francés Antoine Galland. Con el movimiento romántico, el Oriente entra plenamente en
la conciencia de Europa. Básteme mencionar dos nombres, dos altos nombres. El de Byron, más
alto por su imagen que por su obra, y el de Hugo, alto de todos modos. Vienen otras versiones y
ocurre luego otra revelación del Oriente: es la operada hacia mil ochocientos noventa y tantos por
Kipling: “Si has oído el llamado del Oriente, ya no oirás otra cosa”.
Volvamos al momento en que se traducen por primera vez Las mil y una noches. Es un
acontecimiento capital para todas las literaturas de Europa. Estamos en 1704, en Francia. Esa
Francia es la del Gran Siglo, es la Francia en que la literatura está legislada por Boileau, quien

muere en 1711 y no sospecha que toda su retórica ya está siendo amenazada por esa espléndida
invasión oriental.
Pensemos en la retórica de Boileau, hecha de precauciones, de prohibiciones, pensemos en
el culto de la razón, pensemos en aquella hermosa frase de Fenelon: “De las operaciones del
espíritu, la menos frecuente es la razón.” Pues bien, Boileau quiere fundar la poesía en la razón.
Estamos conversando en un ilustre dialecto del latín que se llama lengua castellana y ello es
también un episodio de esa nostalgia, de ese comercio amoroso y a veces belicoso del Oriente y del
Occidente, ya que América fue descubierta por el deseo de llegar a las Indias. Llamamos indios a la
gente de Moctezuma, de Atahualpa, de Catriel, precisamente por ese error, porque los españoles
creyeron haber llegado a las Indias. Esta mínima conferencia mía también es parte de ese diálogo
del Oriente y del Occidente.
En cuanto a la palabra Occidente, sabemos el origen que tiene, pero ello no importa. Cabría
decir que la cultura occidental es impura en el sentido de que sólo es a medias occidental. Hay dos
naciones esenciales para nuestra cultura. Esas dos naciones son Grecia (ya que Roma es una
extensión helenística) e Israel, un país oriental. Ambas se juntan en la que llamamos cultura
occidental. Al hablar de las revelaciones del Oriente, debía haber recordado esa revelación continua
que es la Sagrada Escritura. El hecho es recíproco, ya que el Occidente influye en el Oriente. Hay
un libro de un escritor francés que se titula El descubrimiento de Europa por los chinos y es un
hecho real, que tiene que haber ocurrido también.
El Oriente es el lugar en que sale el sol. Hay una hermosa palabra alemana que quiero
recordar: Morgenland —para el Oriente—, “tierra de la mañana”. Para el Occidente, Abenland,
“tierra de la tarde”. Ustedes recordarán Der untergang des Abendlandes de Spengler, es decir, “la
ida hacia abajo de la tierra de la tarde”, o, como se traduce de un modo más prosaico, La
decadencia de Occidente. Creo que no debemos renunciar a la palabra Oriente, una palabra tan
hermosa, ya que en ella está, por una feliz casualidad, el oro. En la palabra Oriente sentimos la
palabra oro, ya que cuando amanece se ve el cielo de oro. Vuelvo a recordar el verso ilustre de
Dante, “Dolce color d’oriental zaffiro”. Es que la palabra oriental tiene los dos sentidos: el zafiro
oriental, el que procede del Oriente, y es también el oro de la mañana, el oro de aquella primera
mañana en el Purgatorio.
¿Qué es el Oriente? Si lo definimos de un modo geográfico nos encontramos con algo
bastante curioso, y es que parte del Oriente sería el Occidente o lo que para los griegos y romanos
fue el Occidente, ya que se entiende que el Norte de África es el Oriente. Desde luego, Egipto es el
Oriente también, y las tierras de Israel, el Asia Menor y Bactriana, Persia, la India, todos esos países
que se extienden más allá y que tienen poco en común entre ellos. Así, por ejemplo, Tartaria, la
China, el Japón, todo eso es el Oriente para nosotros. Al decir Oriente creo que todos pensamos, en
principio, en el Oriente islámico, y por extensión en el Oriente del norte de la India.
Tal es el primer sentido que tiene para nosotros y ello es obra de Las mil y una noches. Hay
algo que sentimos como el Oriente, que yo no he sentido en Israel y que he sentido en Granada y en
Córdoba. He sentido la presencia del Oriente, y eso no sé si puede definirse; pero no sé si vale la
pena definir algo que todos sentimos íntimamente. Las connotaciones de esa palabra se las debemos
al Libro de Las mil y una noches. Es lo que primero pensamos; sólo después podemos pensar en
Marco Polo o en las leyendas del Preste Juan, en aquellos ríos de arena con peces de oro. En primer
término pensamos en el Islam.
Veamos la historia de ese libro; luego, las traducciones. El origen del libro está oculto.
Podríamos pensar en las catedrales malamente llamadas góticas, que son obras de generaciones de
hombres. Pero hay una diferencia esencial, y es que los artesanos, los artífices de las catedrales,
sabían bien lo que hacían. En cambio, Las mil y una noches surgen de modo misterioso. Son obra
de miles de autores y ninguno pensó que estaba edificando un libro ilustre, uno de los libros más
ilustres de todas las literaturas, más apreciados en el Occidente que en el Oriente, según me dicen.
Ahora, una noticia curiosa que transcribe el barón de Hammer Purgstall, un orientalista citado con

admiración por Lañe y por Burton, los dos traductores ingleses más famosos de Las mil y una
noches. Habla de ciertos hombres que él llama confabulatores nocturni: hombres de la noche que
refieren cuentos, hombres cuya profesión es contar cuentos durante la noche. Cita un antiguo texto
persa que informa que el primero que oyó recitar cuentos, que reunió hombres de la noche para
contar cuentos que distrajeran su insomnio fue Alejandro de Macedonia. Esos cuentos tienen que
haber sido fábulas. Sospecho que el encanto de las fábulas no está en la moraleja. Lo que encantó a
Esopo o a los fabulistas hindúes fue imaginar animales que fueran como hombrecitos, con sus
Comedias y sus tragedias. La idea del propósito moral fue agregada al fin: lo importante era el
hecho de que el lobo hablara con el cordero y el buey con el asno o el león con un ruiseñor.
Tenemos a Alejandro de Macedonia oyendo cuentos contados por esos anónimos hombres
de la noche cuya profesión es referir cuentos, y esto perduró durante mucho tiempo. Lañe, en su
libro Account of the Manners and Costumes of the modern Egyptians, Modales y costumbres de los
actuales egipcios, cuenta que hacia 1850 eran muy comunes los narradores de cuentos en El Cairo.
Que había unos cincuenta y que con frecuencia narraban las historias de Las mil y una noches.
Tenemos una serie de cuentos; la serie de la India, donde se forma el núcleo central, según
Burton y según Cansinos-Asséns, autor de una admirable versión española, pasa a Persia; en Persia
los modifican, los enriquecen y los arabizan; llegan finalmente a Egipto. Esto ocurre a fines del
siglo quince. A fines del siglo quince se hace la primera compilación y esa compilación procedía de
otra, persa según parece: Hazar afsana, Los mil cuentos.
¿Por qué primero mil y después mil y una? Creo que hay dos razones. Una, supersticiosa (la
superstición es importante en este caso), según la cual las cifras pares son de mal agüero. Entonces
se buscó una cifra impar y felizmente se agregó “y una”. Si hubieran puesto novecientas noventa y
nueve noches, sentiríamos que falta una noche; en cambio, así, sentimos que nos dan algo infinito y
que nos agregan todavía una yapa, una noche. El texto es leído por el orientalista francés Galland,
quien lo traduce. Veamos en qué consiste y de qué modo está el Oriente en ese texto. Está, ante
todo, porque al leerlo nos sentimos en un país lejano.
Es sabido que la cronología, que la historia existen; pero son ante todo averiguaciones
occidentales. No hay historias de la literatura persa o historias de la filosofía indos-tánica; tampoco
hay historias chinas de la literatura china, porque a la gente no le interesa la sucesión de los hechos.
Se piensa que la literatura y la poesía son procesos eternos. Creo que, en lo esencial, tienen razón.
Creo, por ejemplo, que el título Libro de Las mil y una noches (o, como quiere Burton, Book of tke
Thousand Nigths and a Night, Libro de las mil noches y una noche), seria un hermoso título si lo
hubieran inventado esta mañana. Si lo hiciéramos ahora pensaríamos qué lindo título; y es lindo
pues no sólo ts hermoso (como hermoso es Los crepúsculos del jardín, de Lugones) sino porque da
ganas de leer el libro.
Uno tiene ganas de perderse en Las mil y una noches; uno sabe que entrando en ese libro
puede olvidarse de su pobre destino humano; uno puede entrar en un mundo, y ese mundo está
hecho de unas cuantas figuras arquetípicas y también de individuos.
En el título de Las mil y una noches hay algo muy importante: la sugestión de un libro
infinito. Virtualmente, lo es. Los árabes dicen que nadie puede leer Las mil y una noches hasta el
fin. No por razones de tedio: se siente que el libro es infinito.
Tengo en casa los diecisiete volúmenes de la versión de Burton. Sé que nunca los habré
leído todos pero sé que ahí están las noches esperándome; que mi vida puede ser desdichada pero
ahí estarán los diecisiete volúmenes; ahí estará esa especie de eternidad de Las mil y una noches del
Oriente.
¿Y cómo definir al Oriente, no el Oriente real, que no existe? Yo diría que las nociones de
Oriente y Occidente son generalizaciones pero que ningún individuo se siente oriental. Supongo que
un hombre se siente persa, se siente hindú, se siente malayo, pero no oriental. Del mismo modo,
nadie se siente latinoamericano: nos sentimos argentinos, chilenos, orientales (uruguayos). No
importa, el concepto no existe. ¿Cuál es su base? Es ante todo la de un mundo de extremos en el

cual las personas son o muy desdichadas o muy felices, muy ricas o muy pobres. Un mundo de
reyes, de reyes que no tienen por qué explicar lo que hacen. De reyes que son, digamos,
irresponsables como dioses.
Hay, además, la noción de tesoros escondidos. Cualquier hombre puede descubrirlos. Y la
noción de la magia, muy importante. ¿Qué es la magia? La magia es una causalidad distinta. Es
suponer que, además de las relaciones causales que conocemos, hay otra relación causal. Esa
relación puede deberse a accidentes, a un anillo, a una lámpara. Frotamos un anillo, una lámpara, y
aparece el genio. Ese genio es un esclavo que también es omnipotente, que juntará nuestra voluntad.
Puede ocurrir en cualquier momento.
Recordemos la historia del pescador y del genio. El pescador tiene cuatro hijos, es pobre.
Todas las mañanas echa su red al borde de un mar. Ya la expresión un mar es una expresión
mágica, que nos sitúa en un mundo de geografía indefinida. El pescador no se acerca al mar, se
acerca a un mar y arroja su red. Una mañana la arroja y la saca tres veces: saca un asno muerto, saca
cacharros rotos, saca, en fin, cosas inútiles. La arroja por cuarta vez (cada vez recita un poema) y la
red está muy pesada. Espera que esté llena de peces y lo que saca es una jarra de cobre amarillo,
sellado con el sello de Solimán (Salomón). Abre la jarra y sale un humo espeso. Piensa que podrá
vender la jarra a los quincalleros, pero el humo llega hasta el cielo, se condensa y toma la figura de
un genio.
¿Qué son esos genios? Pertenecen a una creación pre-adamita, anterior a Adán, inferior a los
hombres, pero pueden ser gigantescos. Según los musulmanes, habitan todo el espacio y son
invisibles e impalpables.
El genio dice: “Alabado sea Dios y Salomón su Apóstol.” El pescador le pregunta por qué
habla de Salomón, que murió hace tanto tiempo: ahora su apóstol es Mahoma. Le pregunta,
también, por qué estaba encerrado en la jarra. El otro le dice que fue uno de los genios que se
rebelaron contra Solimán y que Solimán lo encerró en la jarra, la selló y la tiró al fondo del mar.
Pasaron cuatrocientos años y el genio juró que a quien lo liberase le daría todo el oro del mundo,
pero nada ocurrió. Juró que a quien lo liberase le enseñaría el canto de los pájaros. Pasan los siglos
y las promesas se multiplican. Al fin llega un momento en el que jura que dará muerte a quien lo
libere. “Ahora tengo que cumplir mi juramento. Prepárate a morir, ¡ oh mi salvador!” Ese rasgo de
ira hace extrañamente humano al genio y quizá querible.
El pescador está aterrado; finge descreer de la historia y dice: “Lo que me has contado no es
cierto. ¿Cómo tú, cuya cabeza toca el cielo y cuyos pies tocan la tierra, puedes haber cabido en este
pequeño recipiente?” El genio contesta: “Hombre de poca fe, vas a ver”. Se reduce, entra en la jarra
y el pescador la cierra y lo amenaza.
La historia sigue y llega un momento en que el protagonista no es un pescador sino un rey,
luego el rey de las Islas Negras y al fin todo se junta. El hecho es típico de Las mil y una noches.
Podemos pensar en aquellas esferas chinas donde hay otras esferas o en las muñecas rusas. Algo
parecido encontramos en el Quijote, pero no llevado al extremo de Las mil y una noches. Además
todo esto está dentro de un vasto relato central que ustedes conocen: el del sultán que ha sido
engañado por su mujer y que para evitar que el engaño se repita resuelve desposarse cada noche y
hacer matar a la mujer a la mañana siguiente. Hasta que Shahrazada resuelve salvar a las otras y lo
va reteniendo con cuentos que quedan inconclusos. Sobre los dos pasan mil y una noches y ella le
muestra un hijo.
Con cuentos que están dentro de cuentos se produce un efecto curioso, casi infinito, con una
suerte de vértigo. Esto ha sido imitado por escritores muy posteriores. Así, los libros de Alicia de
Lewis Carroll, o la novela Sylvia and Bruno, donde hay sueños adentro de sueños que se ramifican
y multiplican.
El tema de los sueños es uno de los preferidos de Las mil y una noches. Admirable es la
historia de los dos que soñaron. Un habitante de El Cairo sueña que una voz le ordena en sueños
que vaya a la ciudad de Isfaján, en Per-sia, donde lo aguarda un tesoro. Afronta el largo y peligroso

viaje y en Isfaján, agotado, se tiende en el patio de una mezquita a descansar. Sin saberlo, está entre
ladrones. Los arrestan a todos y el cadí le pregunta por qué ha llegado hasta la ciudad. El egipcio se
lo cuenta. El cadí se ríe hasta mostrar las muelas y le dice: “Hombre desatinado y crédulo, tres
veces he soñado con una casa en El Cairo en cuyo fondo hay un jardín y en el jardín un reloj de sol
y luego una fuente y una higuera y bajo la fuente está un tesoro. Jamás he dado el menor crédito a
esa mentira. Que no te vuelva a ver por Isfaján. Toma esta moneda y vete.” El otro se vuelve a El
Cairo: ha reconocido en el sueño del cadí su propia casa. Cava bajo la fuente y encuentra el tesoro.
En Las mil y una noches hay ecos del Occidente. Nos encontramos con las aventuras de
Ulises, salvo que Ulises se llama Simbad el Marino. Las aventuras son a veces las mismas (ahí está
Polifemo). Para erigir el palacio de Las mil y una noches se han necesitado generaciones de
hombres y esos hombres son nuestros bienhechores, ya que nos han legado ese libro inagotable, ese
libro capaz de tantas metamorfosis. Digo tantas metamorfosis porque el primer texto, el de Galland,
es bastante sencillo y es quizá el de mayor encanto de todos, el que no exige ningún esfuerzo del
lector; sin ese primer texto, como muy bien dice el capitán Burton, no se hubieran cumplido las
versiones ulteriores.
Galland, pues, publica el primer volumen en 1704. Se produce una suerte de escándalo, pero
al mismo tiempo de encanto para la razonable Francia de Luis XIV. Cuando se habla del
movimiento romántico se piensa en fechas muy posteriores. Podríamos decir que el movimiento
romántico empieza en aquel instante en que alguien, en Normandía o en París, lee Las mil y una
noches. Está saliendo del mundo legislado por Boileau, está entrando en el mundo de la libertad
romántica.
Vendrán luego otros hechos. El descubrimiento francés de la novela picaresca por Lessage;
las baladas escocesas e inglesas publicadas por Percy hacia 1750. Y, hacia 1798, el movimiento
romántico empieza en Inglaterra con Cole-ridge, que sueña con Kublai Khan, el protector de Marco
Polo. Vemos así lo admirable que es el mundo y lo entreveradas que están las cosas.
Vienen las otras traducciones. La de Lañe está acompañada por una enciclopedia de las
costumbres de los musulmanes. La traducción antropológica y obscena de Burton está redactada en
un curioso inglés parcialmente del siglo catorce, un inglés lleno de arcaísmos y neologismos, un
inglés no desposeído de belleza pero que a veces es de difícil lectura. Luego la versión licenciosa,
en ambos sentidos de la palabra, del doctor Mardrus, y una versión alemana literal pero sin ningún
encanto literario, de Lit-tmann. Ahora, felizmente, tenemos la versión castellana de quien fue mi
maestro Rafael Cansinos-Asséns. El libro ha sido publicado en México; es, quizá, la mejor de todas
las versiones; también está acompañada de notas.
Hay un cuento que es el más famoso de Las mil y una noches y que no se lo halla en las
versiones originales. Es la historia de Aladino y la lámpara maravillosa. Aparece en la versión de
Galland y Burton buscó en vano el texto árabe o persa. Hubo quien sospechó que Galland había
falsificado la narración. Creo que la palabra “falsificar” es injusta y maligna. Galland tenía tanto
derecho a inventar un cuento como lo tenían aquellos confabulatores nocturni. ¿ Por qué no suponer
que después de haber traducido tantos cuentos, quiso inventar uno y lo hizo?
La historia no queda detenida en el cuento de Galland. En su autobiografía De Quincey dice
que para él había en Las mil y una noches un cuento superior a los demás y que ese cuento,
incomparablemente superior, era la historia de Aladino. Habla del mago del Magreb que llega a la
China porque sabe que ahí está la única persona capaz de exhumar la lámpara maravillosa. Galland
nos dice que el mago era un astrólogo y que los astros le revelaron que tenía que ir a China en busca
del muchacho. De Quincey, que tiene una admirable memoria inventiva, recordaba un hecho del
todo distinto. Según él, el mago había aplicado el oído a la tierra y había oído las innumerables
pisadas de los hombres. Y había distinguido, entre esas pisadas, las del chico predestinado a
exhumar la lámpara. Esto, dice De Quincey que lo llevó a la idea de que el mundo está hecho de
correspondencias, está lleno de espejos mágicos y que en las cosas pequeñas está la cifra de las
mayores. El hecho de que el mago mogrebí aplicara el oído a la tierra y descifrara los pasos de
Aladino no se halla en ninguno de los textos. Es una invención que los sueños o la memoria dieron

a De Quincey. Las mil y una noches no han muerto. El infinito tiempo de Las mil y una noches
prosigue su camino. A principios del siglo dieciocho se traduce el libro; a principios del diecinueve
o fines del dieciocho De Quincey lo recuerda de otro modo. Las noches tendrán otros traductores y
cada traductor dará una versión distinta del libro. Casi podríamos hablar de muchos libros titulados
Las mil y una noches. Dos en francés, redactados por Galland y Mardrus; tres en inglés, redactados
por Burton, Lañe y Paine; tres en alemán, redactados por Henning, Littmann y Weil; uno en
castellano, de Cansinos-Asséns. Cada uno de esos libros es distinto, porque Las mil y una noches
siguen creciendo, o recreándose. En el admirable Stevenson y en sus admirables Nuevas mil y una
noches (New Arabian Nights) se retoma el tema del príncipe disfrazado que recorre la ciudad,
acompañado de su visir, y a quien le ocurren curiosas aventuras. Pero Stevenson inventó un
príncipe, Floricel de Bohemia, su edecán, el coronel Geraldine, y los hizo recorrer Londres. Pero no
el Londres real sino un Londres parecido a Bagdad; no al Bagdad de la realidad, sino al Bagdad de
Las mil y una noches.
Hay otro autor cuya obra debemos agradecer todos: Chesterton, heredero de Stevenson. El
Londres fantástico en el que ocurren las aventuras del padre Brown y del Hombre que fue Jueves no
existiría si él no hubiese leído a Stevenson. Y Stevenson no hubiera escrito sus Nuevas mil y una
noches si no hubiese leído Las mil y una noches. Las mil y una noches no son algo que ha muerto.
Es un libro tan vasto que no es necesario haberlo leído, ya que es parte previa de nuestra memoria y
es parte de esta noche también.

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miércoles, 23 de diciembre de 2015

INFORMACION URGENTE


UNIVERSIDAD VERACRUZANA
RECTORÍA
Lomas del estadio s/n Edificio A, 3er. Piso C.P. 91000
Xalapa, Veracruz México
tel. +52 (228) 842.1763 842.1762 fax. + 52 (228)817.6370 U N I V E R S I D A D V E R

Dr. Javier Duarte de Ochoa 
Gobernador del Estado de Veracruz de Ignacio de la Llave
P r e s e n t e

Estimado Sr. Gobernador: En atención a su oficio número 330/2015, de fecha 21 de diciembre de 2015, en el que comunica el monto de los subsidios Federales y Estatales otorgados a esta Casa de Estudios en el presente ejercicio, me permito precisar lo siguiente:

 1.- Comparto lo expresado por usted con relación a que la educación es requisito indispensable para alcanzar el desarrollo humano.

 2.- La Ley General de Educación establece en su Artículo 25 la obligación de la concurrencia de los recursos Federales y Estatales para la financiación de la educación. 

3.- Las Universidades Públicas Estatales (UPE), el gobierno Federal y los gobiernos estatales signan convenios de apoyo financiero, con vigencia de un año de calendario. Los montos que aporta el gobierno Federal a favor de éstas, quedan consignados en el Decreto de Presupuestos de Egresos Federal y las aportaciones estatales en sus respectivos presupuestos, por lo que tienen carácter de obligatorias. 

4.- El Convenio de Apoyo Financiero, para el ejercicio 2015, a favor de la Universidad Veracruzana establece un subsidio ordinario por $4,677,430,073.00 de los cuales corresponde aportar al gobierno Federal $2,211,964,353.00 (47.29%) y al gobierno del estado de Veracruz $2,465,465,720.00 (52.71%). 

5.- La Universidad ha recibido $2,211,964,353.00 por concepto de subsidio ordinario Federal 2015, lo que representa la totalidad del monto autorizado en el convenio; en el caso del subsidio estatal, solo le ha sido transferida la cantidad de $1,331,534,094.68, lo que representa el 54% del monto asignado; quedando pendiente de recibir $1,133,931,625.32. 

6.- Del monto pendiente de ministrar por concepto de subsidio ordinario estatal correspondiente al ejercicio 2014, por $326,654,716.99, durante el ejercicio 2015, se recibió la cantidad de $79,282,381.85, a través de pagos que formuló la Secretaría de Finanzas y Planeación del Estado de Veracruz (SEFIPLAN) al Instituto de Pensiones del Estado, quedando pendiente el pago de $247,372,335.14. 

7.- La Universidad también recibe subsidios de carácter extraordinario, tanto federales como estatales, los cuales quedan establecidos en convenios signados por las autoridades educativas Federales, la Universidad y en su caso, el gobierno del estado de Veracruz. De los subsidios Federales extraordinarios autorizados en 2015, por $155,352,735.00 fueron radicados a la SEFIPLAN $54,713,539.00 y directamente en la Universidad $100,639,196.00, quedando pendiente de transferir a esta Institución la totalidad de lo recibido por la SEFIPLAN. Del monto pendiente de ministrar al inicio del año 2015, por concepto de subsidio extraordinario Federal, proveniente de los ejercicios 2009 a 2014 por $437,466,944.32, la Universidad recibió recursos por $40,500,000.00, quedando pendiente la cantidad de $396,966,944.32

8.- En cuanto a los recursos estatales extraordinarios, durante el ejercicio 2015, se recibieron $5,925,496.20, correspondientes al referido ejercicio, quedando pendientes de radicar $243,844,283.00 provenientes de los ejercicios 2008 a 2014. De lo anterior se aprecia, que a la fecha, quedan por radicar por parte del gobierno del estado a esta Institución subsidios ordinarios y extraordinarios, por la cantidad de $2,076,828,726.78 como sigue: 

Concepto / Autorizado / Adeudado / Transferido en 2015 /  Pendiente de Transferir 

Subsidio Estatal Ordinario 2015 $2,465,465,720.00  $1,331,534,094.68  $1,133,931.625.32

Subsidio Estatal Ordinario 2014 $326,654,716.99 $79,282,381.85 $247,372,335.14 

Subsidio Federal Extraordinario 2015 $155,352,735.00 $100,639,196.00 $54,713,539.00

Subsidio Federal Extraordinario 2009 - 2014 $437,466,944.32 $40,500,000.00 $396,966,944.32

Subsidio Estatal Extraordinario 2008 - 2014 $243,844,283.00 $0.00 $243,844,283.00 

Totales                                                      $3,628,784,399.31 $1,551,955,672.53 $2,076,828,726.78


9.- Con relación al concepto que usted denomina “Aportaciones de la UV al IPE subsidiadas por el gobierno del estado” señalo que éste es inexistente, pues carece de soporte jurídico, ya que la Universidad no es responsable del pago de las pensiones y jubilaciones de quienes fueron sus trabajadores. El gobierno del estado cuenta con un organismo público descentralizado, denominado Instituto de Pensiones del Estado, quien a cambio del pago de aportaciones patronales y de cuotas de los trabajadores, financia las pensiones y jubilaciones, de quienes fueron trabajadores al servicio del estado de Veracruz y de los organismos públicos incorporados, como es el caso de la Universidad. 

10.- Esta Casa de Estudios ha cumplido con el entero de las cuotas y aportaciones que señala la Ley de Pensiones del Estado, lo cual está documentado en los descuentos que aplica la SEFIPLAN, con cargo al subsidio ordinario estatal de la Universidad Veracruzana, que en el ejercicio 2015 importan a la fecha, la cantidad de $439,715,594.68. 

Los montos pendientes de radicar, antes referidos, se encuentran registrados en la contabilidad de la Universidad y soportados en documentos comprobatorios y justificativos, de conformidad con la Ley General de Contabilidad Gubernamental. 

Comparto el compromiso que usted refiere para continuar transformando a Veracruz, a través de una educación superior de calidad, y para tal fin, le reitero mi respetuosa solicitud para que radique los subsidios ordinarios y extraordinarios, estatales y Federales, a que tiene derecho esta Casa de Estudios, por $2,076,828,726.78. 

De no contar con estos recursos, la función social prioritaria que realiza la Universidad Veracruzana, corre un grave riesgo y pone en peligro su propia existencia. Sin otro particular, hago propicia la ocasión para saludarle cordialmente.

A t e n t a m e n t e 
“Lis de Veracruz: Arte, Ciencia, Luz” 
Xalapa, Ver., 22 de diciembre de 2015 

Dra. Sara Ladrón de Guevara Rectora


miércoles, 16 de diciembre de 2015

Rodolfo Neri les dice la verdad

1:16/10:48
591 reproducciones
Resistencia México added a new video: Neri Vela a mafiosos legisladores mexicanos.
4 h
‪#‎EllosVsNosotros‬ Rodolfo Neri Vela primer y único astronauta mexicano en salir al espacio exterior en una misión con la NASA, el día de ayer al recibir la medalla al mérito cívico en la cámara de diputados aprovechó la ocasión para decirle sus verdades a la mafia que ahí habita. ‪#‎FuegoAlSistema‬ y a toda su parásita clase política
Vídeo vía: NewsMéxico.com.mx

sábado, 28 de noviembre de 2015

Karl MARX EL DIECIOCHO BRUMARIO DE LUIS BONAPARTE

Capítulo I

Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa. Caussidière por Dantón, Luis Blanc por Robespierre, la Montaña de 1848 a 1851 por la Montaña de 1793 a 1795, el sobrino por el tío. ¡Y a la misma caricatura en las circunstancias que acompañan a la segunda edición del Dieciocho Brumario!
Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal. Así, Lutero se disfrazó de apóstol Pablo, la revolución de 1789-1814 se vistió alternativamente con el ropaje de la República romana y del Imperio romano, y la revolución de 1848 no supo hacer nada mejor que parodiar aquí al 1789 y allá la tradición revolucionaria de 1793 a 1795. Es como el principiante que ha aprendido un idioma nuevo: lo traduce siempre a su idioma nativo, pero sólo se asimila el espíritu del nuevo idioma y sólo es capaz de expresarse libremente en él cuando se mueve dentro de él sin reminiscencias y olvida en él su lenguaje natal.
Si examinamos esas conjuraciones de los muertos en la historia universal, observaremos en seguida una diferencia que salta a la vista. Camilo Desmoulins, Dantón, Robespierre, Saint-Just, Napoleón, los héroes, lo mismo que los partidos y la masa de la antigua revolución francesa, cumplieron, bajo el ropaje romano y con frases romanas, la misión de su tiempo: librar de las cadenas e instaurar la sociedad burguesa moderna. Los unos hicieron añicos las instituciones feudales y segaron las cabezas feudales que habían brotado en él. El otro creó en el interior de Francia las condiciones bajo las cuales ya podía desarrollarse la libre concurrencia, explotarse la propiedad territorial parcelada, aplicarse las fuerzas productivas industriales de la nación, que habían sido liberadas; y del otro lado de las fronteras francesas barrió por todas partes las formaciones feudales, en el grado en que esto era necesario para rodear a la sociedad burguesa de Francia en el continente europeo de un ambiente adecuado, acomodado a los tiempos. Una vez instaurada la nueva formación social, desaparecieron los colosos antediluvianos, y con ellos el romanismo resucitado: los Brutos, los Gracos, los Publícolas, los tribunos, los senadores y hasta el mismo Cesar. Con su sobrio practicismo, la sociedad burguesa se había creado sus verdaderos intérpretes y portavoces en los Say, los Cousin, los Royer-Collard, los Benjamín Constant y los Guizot; sus verdaderos caudillos estaban en las oficinas comerciales, y la cabeza atocinada de Luis XVIII era su cabeza política. Completamente absorbida pro la producción de la riqueza y por la lucha pacífica de la concurrencia, ya no se daba cuenta de que los espectros del tiempo de los romanos habían velado su cuna. Pero, por muy poco heroica que la sociedad burguesa sea, para traerla al mundo habían sido necesarios, sin embargo, el heroísmo, la abnegación, el terror, la guerra civil y las batallas de los pueblos. Y sus gladiadores encontraron en las tradiciones clásicamente severas de la República romana los ideales y las formas artísticas, las ilusiones que necesitaban para ocultarse a sí mismos el contenido burguesamente limitado de sus luchas y mantener su pasión a la altura de la gran tragedia histórica. Así, en otra fase de desarrollo, un siglo antes, Cromwell y el pueblo inglés habían ido a buscar en el Antiguo Testamento el lenguaje, las pasiones y las ilusiones para su revolución burguesa. Alcanzada la verdadera meta, realizada la transformación burguesa de la sociedad inglesa, Locke desplazó a Habacuc.
En esas revoluciones, la resurrección de los muertos servía, pues, para glorificar las nuevas luchas y no para parodiar las antiguas, para exagerar en la fantasía la misión trazada y no para retroceder ante su cumplimiento en la realidad, para encontrar de nuevo el espíritu de la revolución y no para hacer vagar otra vez a su espectro.
En 1848-1851, no hizo más que dar vueltas el espectro de la antigua revolución, desde Marrast, le républicain en gants jaunes, que se disfrazó de viejo Bailly, hasta el aventurero que esconde sus vulgares y repugnantes rasgos bajo la férrea mascarilla de muerte de Napoleón. Todo un pueblo que creía haberse dado un impulso acelerado por medio de una revolución, se encuentra de pronto retrotraído a una época fenecida, y para que no pueda haber engaño sobre la recaída, hacen aparecer las viejas fechas, el viejo calendario, los viejos nombres, los viejos edictos (entregados ya, desde hace largo tiempo, a la erudición de los anticuarios) y los viejos esbirros, que parecían haberse podrido desde hace mucho tiempo. La nación se parece a aquel inglés loco de Bedlam que creía vivir en tiempo de los viejos faraones y se lamentaba diariamente de las duras faenas que tenía que ejecutar como cavador de oro en las minas de Etiopía, emparedado en aquella cárcel subterránea, con una lámpara de luz mortecina sujeta en la cabeza, detrás el guardián de los esclavos con su largo látigo y en las salidas una turbamulta de mercenarios bárbaros, incapaces de comprender a los forzados ni de entenderse entre sí porque no hablaban el mismo idioma. «¡Y todo esto -suspira el loco- me lo han impuesto a mí, a un ciudadano inglés libre, para sacar oro para los antiguos faraones!» «¡Para pagar las deudas de la familia Bonaparte!», suspira la nación francesa. El inglés, mientras estaba en uso de su razón, no podía sobreponerse a la idea fija de obtener oro. Los franceses, mientras estaban en revolución, no podían sobreponerse al recuerdo napoleónico, como demostraron las elecciones del 10 de diciembre. Ante los peligros de la revolución se sintieron atraídos por el recuerdo de las ollas de Egipto, y la respuesta fue el 2 de diciembre de 1851. No sólo obtuvieron la caricatura del viejo Napoleón, sino al propio viejo Napoleón en caricatura, tal como necesariamente tiene que aparecer a mediados del siglo XIX.
La revolución social del siglo XIX no puede sacar su poesía del pasado, sino solamente del porvenir. No puede comenzar su propia tarea antes de despojarse de toda veneración supersticiosa por el pasado. Las anteriores revoluciones necesitaban remontarse a los recuerdos de la historia universal para aturdirse acerca de su propio contenido. La revolución del siglo XIX debe dejar que los muertos entierren a sus muertos, para cobrar conciencia de su propio contenido. Allí, la frase desbordaba el contenido; aquí, el contenido desborda la frase.
La revolución de febrero cogió desprevenida, sorprendió a la vieja sociedad, y el pueblo proclamó este golpe de mano inesperado como una hazaña de la historia universal con la que se abría la nueva época. El 2 de diciembre, la revolución de febrero es escamoteada por la voltereta de un jugador tramposo, y lo que parece derribado no es ya la monarquía, sino las concesiones liberales que le habían sido arrancadas por seculares luchas. Lejos de ser la sociedad misma la que se conquista un nuevo contenido, parece como si simplemente el Estado volviese a su forma más antigua, a la dominación desvergonzadamente simple del sable y la sotana. Así contesta al coup de main de febrero de 1848 el coup de tête de diciembre de 1851. Por donde se vino, se fue. Sin embargo, el intervalo no ha pasado en vano. Durante los años de 1848 a 1851, la sociedad francesa asimiló, y lo hizo mediante un método abreviado, por ser revolucionario, las enseñanzas y las experiencias que en un desarrollo normal, lección tras lección, por decirlo así, habrían debido preceder a la revolución de febrero, para que ésta hubiese sido algo más que un estremecimiento en la superficie. Hoy, la sociedad parece haber retrocedido más allá de su punto de partida; en realidad, lo que ocurre es que tiene que empezar por crearse el punto de partida revolucionario, la situación, las relaciones, las condiciones, sin las cuales no adquiere un carácter serio la revolución moderna.
Las revoluciones burguesas, como la del siglo XVIII, avanzan arrolladoramente de éxito en éxito, sus efectos dramáticos se atropellan, los hombres y las cosas parecen iluminados por fuegos de artificio, el éxtasis es el espíritu de cada día; pero estas revoluciones son de corta vida, llegan en seguida a su apogeo y una larga depresión se apodera de la sociedad, antes de haber aprendido a asimilarse serenamente los resultados de su período impetuoso y agresivo. En cambio, las revoluciones proletarias como las del siglo XIX, se critican constantemente a sí mismas, se interrumpen continuamente en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecía terminado, para comenzarlo de nuevo, se burlan concienzuda y cruelmente de las indecisiones, de los lados flojos y de la mezquindad de sus primeros intentos, parece que sólo derriban a su adversario para que éste saque de la tierra nuevas fuerzas y vuelva a levantarse más gigantesco frente a ellas, retroceden constantemente aterradas ante la vaga enormidad de sus propios fines, hasta que se crea una situación que no permite volverse atrás y las circunstancias mismas gritan:
Hic Rhodus, hic salta!
¡Aquí está la rosa, baila aquí!
Por lo demás, cualquier observador mediano, aunque no hubiese seguido paso a paso la marcha de los acontecimientos en Francia, tenía que presentir que esperaba a la revolución una inaudita vergüenza. Bastaba con escuchar los engreídos ladridos de triunfo con que los señores demócratas se felicitan mutuamente por los efectos milagrosos que esperaban del segundo domingo de mayo de 1852. El segundo domingo de mayo de 1852 habíase convertido en sus cabezas en una idea fija, en un dogma, como en las cabezas de los quiliastas el día en que había de reaparecer Cristo y comenzar el reino milenario. La debilidad había ido a refugiarse, como siempre, en la fe en el milagro: creía vencer al enemigo con sólo descartarlo mágicamente con la fantasía, y perdía toda la comprensión del presente ante la glorificación pasiva del futuro que les esperaba y de las hazañas que guardaba in petto, pero que aún no consideraba oportuno revelar. Esos héroes que se esforzaban en refutar su probada incapacidad prestándose mutua compasión y reuniéndose en un tropel, habían atado su hatillo, se embolsaron sus coronas de laurel a crédito y se disponían precisamente a descontar en el mercado de letras de cambio las repúblicas in partibus para las que, en el secreto de su ánimo poco exigente, tenían ya previsoramente preparado el personal de gobierno. El 2 de diciembre cayó sobre ellos como un rayo en cielo sereno, y los pueblos, que en épocas de malhumor pusilánime gustaban de dejar que los voceadores más chillones ahoguen su miedo interior, se habrán convencido quizá de que han pasado ya los tiempos en que el graznido de los gansos podía salvar el Capitolio.
La Constitución, la Asamblea Nacional, los partidos dinásticos, los republicanos azules y los rojos, los héroes de África, el trueno de la tribuna, el relampagueo de la prensa diaria, toda la literatura, los nombres políticos y los renombres intelectuales, la ley civil y el derecho penal, la liberté, égalité, fraternité y el segundo domingo de mayo de 1852, todo ha desaparecido como una fantasmagoría al conjuro de un hombre al que ni sus mismos enemigos reconocen como brujo. El sufragio universal sólo pareció sobrevivir un instante para hacer su testamento de puño y letra a los ojos del mundo entero y poder declarar, en nombre del propio pueblo: "Todo lo que existe merece perecer".
No basta con decir, como hacen los franceses, que su nación fue sorprendida. Ni a la nación ni a la mujer se les perdona la hora de descuido en que cualquier aventurero ha podido abusar de ellas por la fuerza. Con estas explicaciones no se aclara el enigma; no se hace más que presentarlo de otro modo. Quedaría por explicar cómo tres caballeros de industria pudieron sorprender y reducir al cautiverio, sin resistencia, a una nación de 36 millones de almas.
Recapitulemos, en sus rasgos generales, las fases recorridas por la revolución francesa desde el 24 de febrero de 1848 hasta el mes de diciembre de 1851.
Hay tres períodos capitales que son inconfundibles: el período de febrero; del 4 de mayo de 1848 al 28 de mayo de 1849, período de constitución de la república o de la Asamblea Nacional Constituyente; del 28 de mayo de 1849 al 2 de diciembre de 1851, período de la república constitucional o de la Asamblea Nacional Legislativa.
El primer período, desde el 24 de febrero, o desde la caída de Luis Felipe, hasta el 4 de mayo de 1848, fecha en que se reúne la Asamblea Constituyente, el período de febrero, propiamente dicho, puede calificarse como de prólogo de la revolución. Su carácter se revela oficialmente en el hecho de que el Gobierno por él improvisado se declarase a sí mismoprovisional, y, como el Gobierno, todo lo que este período sugirió, intentó o proclamó, se presentaba también como algo puramente provisional. Nada ni nadie se atrevía a reclamar para sí el derecho a existir y a obrar de un modo real. Todos los elementos que habían preparado o determinado la revolución, la oposición dinástica, la burguesía republicana, la pequeña burguesía democrático-republicana y los obreros socialdemócratas encontraron su puesto provisional en el Gobierno de febrero.
No podía ser de otro modo. Las jornadas de febrero proponíanse primitivamente como objetivo una reforma electoral, que había de ensanchar el círculo de los privilegiados políticos dentro de la misma clase poseedora y derribar la dominación exclusiva de la aristocracia financiera. pero cuando estalló el conflicto real y verdadero, el pueblo subió a las barricadas, la Guardia Nacional se mantuvo en actitud pasiva, el ejército no opuso una resistencia seria y la monarquía huyó, la república pareció la evidencia por sí misma. Cada partido interpretaba a su manera. Arrancada por el proletariado con las armas en la mano, éste le imprimió su sello y la proclamó república social. Con esto se indicaba el contenido general de la moderna revolución, el cual se hallaba en la contradicción más peregrina con todo lo que por el momento podía ponerse en práctica directamente, con el material disponible, el grado de desarrollo alcanzado por la masa y bajo las circunstancias y relaciones dadas. De otra parte, las pretensiones de todos los demás elementos que habían cooperado a la revolución de febrero fueron reconocidas en la parte leonina que obtuvieron en el Gobierno. Por eso, en ningún período nos encontramos con una mezcla más abigarrada de frases altisonantes e inseguridad y desamparo efectivos, de aspiraciones más entusiastas de innovación y de imperio más firme de la vieja rutina, de más aparente armonía de toda la sociedad y más profunda discordancia entre sus elementos. Mientras el proletariado de París se deleitaba todavía en la visión de la gran perspectiva que se había abierto ante él y se entregaba con toda seriedad a discusiones sobre los problemas sociales, las viejas fuerzas de la sociedad se habían agrupado, reunido, vuelto en sí y encontrado un apoyo inesperado en la masa de la nación, en los campesinos y los pequeños burgueses, que se precipitaron todos de golpe a la escena política, después de caer las barreras de la monarquía de Julio.
El segundo período, desde el 4 de mayo de 1848 hasta fines de mayo de 1849, es el período de la constitución, de la fundación de la república burguesa. Inmediatamente después de las jornadas de febrero no sólo se vio sorprendida la oposición dinástica por los republicanos, y éstos por los socialistas, sino toda Francia por París. La Asamblea Nacional, que se reunió el 4 de mayo de 1848, salida de las elecciones nacionales, representaba a la nación. Era una protesta viviente contra las pretensiones de las jornadas de febrero y había de reducir al rasero burgués los resultados de la revolución. En vano el proletariado de París, que comprendió inmediatamente el carácter de esta Asamblea Nacional, intentó el 15 de mayo, pocos días después de reunirse ésta, destacar por fuerza su existencia, disolverla, descomponer de nuevo en sus distintas partes integrantes la forma orgánica con que le amenazaba el espíritu reaccionante de la nación. Como es sabido, el único resultado del 15 de mayo fue alejar de la escena pública durante todo el ciclo que examinamos a Blanqui y sus camaradas, es decir, a los verdaderos jefes del partido proletario.
A la monarquía burguesa de Luis Felipe sólo puede suceder la república burguesa; es decir que si en nombre del rey, había dominado una parte reducida de la burguesía, ahora dominará la totalidad de la burguesía en nombre del pueblo. Las reivindicaciones del proletariado de París son paparruchas utópicas, con las que hay que acabar. El proletariado de París contestó a esta declaración de la Asamblea Nacional Constituyente con la insurrección de junio, el acontecimiento más gigantesco en la historia de las guerras civiles europeas. Venció la república burguesa. A su lado estaban la aristocracia financiera, la burguesía industrial, la clase media, los pequeños burgueses, el ejército, el lumpemproletariado organizado como Guardia Móvil, los intelectuales, los curas y la población del campo. Al lado del proletariado de París no estaba más que él solo. Más de 3.000 insurrectos fueron pasados a cuchillo después de la victoria y 15.000 deportados sin juicio. Con esta derrota, el proletariado pasa al fondo de la escena revolucionaria. Tan pronto como el movimiento parece adquirir nuevos bríos, intenta una vez y otra pasar nuevamente a primer plano, pero con un gasto cada vez más débil de fuerzas y con resultados cada vez más insignificantes. Tan pronto como una de las capas sociales superiores a él experimenta cierta efervescencia revolucionaria, el proletariado se enlaza a ella y así va compartiendo todas las derrotas que sufren unos tras otros los diversos partidos. pero estos golpes sucesivos se atenúan cada vez más cuanto más se reparten por toda la superficie de la sociedad. Sus jefes más importantes en la Asamblea Nacional y en la prensa van cayendo unos tras otros, víctimas de los tribunales, y se ponen al frente de él figuras cada vez más equívocas. En parte, se entrega a experimentos doctrinarios, Bancos de cambio y asociaciones obreras, es decir, a un movimiento en el que renuncia a transformar el viejo mundo, con ayuda de todos los grandes recursos propios de este mundo, e intenta, por el contrario, conseguir su redención a espaldas de la sociedad, por la vía privada, dentro de sus limitadas condiciones de existencia, y por tanto, forzosamente fracasa. Parece que no puede descubrir nuevamente en sí mismo la grandeza revolucionaria, ni sacar nuevas energías de los nuevos vínculos que se han creado, mientras todas las clases con las que ha luchado en junio, no estén tendidas, a todos lo largo a su lado mismo. Pero, por lo menos, sucumbe con los honores de una gran lucha de alcance histórico-universal; no sólo Francia, sino toda Europa tiembla ante el terremoto de junio, mientras que las sucesivas derrotas de las clases más altas se consiguen a tan poca costa, que sólo la insolente exageración del partido vencedor puede hacerlas pasar por acontecimientos, y son tanto más ignominiosas cuanto más lejos queda del proletariado el partido que sucumbe.
Ciertamente, la derrota de los insurrectos de junio había preparado, allanado, el terreno en que podía cimentarse y erigirse la república burguesa; pero, al mismo tiempo, había puesto de manifiesto que en Europa se ventilaban otras cuestiones que la de «república o monarquía». Había revelado que aquí república burguesa equivalía a despotismo ilimitado de una clase sobre otras. Había demostrado que en países de vieja civilización, con una formación de clases desarrollada, con condiciones modernas y de producción y con una conciencia intelectual, en la que todas las ideas tradicionales se hallan disueltas por un trabajo secular, la república no significa en general más que la forma política de la subversión de la sociedad burguesa y no su forma conservadora de vida, como, por ejemplo, en los Estados Unidos de América, donde si bien existen ya clases, éstas no se han plasmado todavía, sino que cambian constantemente y se ceden unas a otras sus partes integrantes, en movimiento continuo; donde los medios modernos de producción, en vez de coincidir con una superpoblación crónica, suplen más bien la escasez relativa de cabezas y brazos, y donde, por último, el movimiento febrilmente juvenil de la producción material, que tiene un mundo nuevo que apropiarse, no ha dejado tiempo ni ocasión para eliminar el viejo mundo fantasmal.
Durante las jornadas de junio, todas las clases y todos los partidos se habían unido en un partido del orden frente a la clase proletaria, como partido de la anarquía, del socialismo, del comunismo. Habían «salvado» a la sociedad de «los enemigos de la sociedad». Habían dado a su ejército como santo y seña los tópicos de la vieja sociedad: «Propiedad, familia, religión y orden», y gritado a la cruzada contrarrevolucionaria: «¡Bajo este signo vencerás!» Desde este instante, tan pronto como uno cualquiera de los numerosos partidos que se habían agrupado bajo aquel signo contra los insurrectos de junio, intenta situarse en el palenque revolucionario en su propio interés de clase, sucumbe al grito de «¡Propiedad, familia, religión y orden!» La sociedad es salvada cuantas veces se va restringiendo el círculo de sus dominadores y un interés más exclusivo se impone al más amplio. Toda reivindicación, aun de la más elemental reforma financiera burguesa, del liberalismo más vulgar, del más formal republicanismo, de la más trivial democracia, es castigada en el acto como un «atentado contra la sociedad» y estigmatizada como «socialismo». Hasta que, por último, los pontífices de «la religión y el orden» se ven arrojados ellos mismos a puntapiés de sus sillas píticas, sacados de la cama en medio de la noche y de la niebla, empaquetados en coches celulares, metidos en la cárcel o enviados al destierro; de su templo no queda piedra sobre piedra, sus bocas son selladas, sus plumas rotas, su ley desgarrada, en nombre de la religión, de la propiedad, de la familia y del orden. Burgueses fanáticos del orden son tiroteados en sus balcones por la soldadesca embriagada, la santidad del hogar es profanada y sus casas son bombardeadas como pasatiempo, y en nombre de la propiedad, de la familia, de la religión y del orden. La hez de la sociedad burguesa forma por fin la sagrada falange del orden, y el héroe Krapülinski se instala en las Tullerías como «salvador de la sociedad».

Principales obras de Marx

Karl Heinrich Marx

Principales obras de Marx

  • — 1841 Diferencias entre la filosofía natural de Demócrito y la filosofía natural de Epicuro. (Tesis doctoral)
  • — Crítica de la filosofía del derecho de Hegel.
  • — 1844 Manuscritos económico-filosóficos. (Publicados en 1932).
  • — 1845 Tesis sobre Feuerbach.
  • — 1847 Trabajo asalariado y capital.
  • — 1847 La miseria de la filosofía.
  • — 1848 Discurso sobre el libre cambio.
  • — 1849 La burguesía y la contrarrevolución (segundo artículo). Publicado en la Neue Rheinische Zeitung.
  • — 1849 Trabajo asalariado y capital.
  • — 1850 Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850.
  • — 1851-1852 El dieciocho brumario de Luis Bonaparte.
  • — 1853 La dominación británica en la India.
  • — 1853 Futuros resultados de la dominación británica de la India.
  • — 1854 La España revolucionaria.
  • — 1859 Contribución a la Crítica de la Economía Política.
  • — 1864 Manifiesto inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores.
  • — 1865 Salario, precio y ganancia.
  • — 1867 El Capital.
  • — 1871 La guerra civil en Francia.
  • — 1874 Acotaciones al libro de Bakunin El Estado y la Anarquía.
  • — 1875 Crítica al Programa de Gotha.

Obras escritas en colaboración con Engels

  • — 1845 La ideología alemana. (Publicada en 1932).
  • — 1845 La sagrada familia.
  • — 1848 Manifiesto del Partido Comunista.
  • — 1850 Circular del Comité Central a la Liga Comunista.
  • — 1871 De las resoluciones de la Conferencia de Delegados de la Asociación Internacional de los Trabajadores.
  • — 1872 Las pretendidas escisiones de la Internacional.
  • — 1879 De la carta circular a A. Bebel, W. Liebknecht, W. Bracke y otros.

sábado, 21 de noviembre de 2015

Democracia, derechos humanos y terrorismo


Democracia, derechos humanos y terrorismo

Al Ahed.news


Tal como si fueran “Los tres jinetes del Apocalipsis”, estos temas son utilizados y manipulados por el Gobierno de Estados Unidos como armas acusatorias para tratar de desestabilizar y crear problemas en países que tienen una política independiente y no se doblegan a sus intereses.Sin embargo, la organización o el sistema político implantado en ese país, basado fundamentalmente en el bipartidismo, está muy lejos de poder ser considerado como la Democracia, el jinete número uno. La mayor parte de sus dirigentes, incluido el presidente de la república, salen como propuestas de sus propias élites, en cuya aprobación no participan las masas, que se ven obligadas a votar por aquellos escogidos de un selecto grupo, por lo general representantes de grandes intereses económicos y ellos mismos poseedores de importantes fortunas.
Las elecciones para presidente son indirectas, y lo normal es que solo acudan a votar una minoría de los ciudadanos que tienen derecho a ello, pudiendo darse el caso, y de hecho se da, de que un presidente llegue al cargo con solo un respaldo minoritario de la población. Si democracia significa “el poder del pueblo”, entonces, esto no lo es.
Pero al margen de estas definiciones, cada país debe tener el derecho de organizar su funcionamiento y estructura política según sus características e intereses, su propia historia y su cultura. Nadie está autorizado para imponerle a otro el modelo que considere apropiado y todavía menos aquel cuyo sistema tiene tantas carencias.
Por otro lado, el Gobierno de los Estados Unidos se toma el derecho, que nadie le ha otorgado, de enjuiciar de acuerdo a su conveniencia los sistemas políticos de otros estados y utiliza esto, apoyándose en el poder de sus grandes medios de información y organizando sus campañas difamatorias, como parte de sus planes de cambio de régimen. Sin embargo, aunque aún mantienen un poder de influencia considerable, cada vez se ven más desprestigiados debido a que los pueblos toman conciencia de la doble moral que aplican según sea un aliado, u otro que consideren que no lo es.
Su poder de influencia en América Latina ha sufrido un evidente retroceso. La Escuela de las Américas, academia militar establecida en la antigua Zona del Canal de Panamá, debió ser trasladada en 1984 a Fort Benning, en Georgia. Allí preparan a militares latinoamericanos, en técnicas de tortura y golpes de estado. Esta es la clase de Democracia que ellos aplican cuando las cosas no marchan según sus intereses.
Eso fue lo que hicieron en Chile para derrocar a Salvador Allende, presidente elegido democráticamente, e imponer la sangrienta dictadura de Augusto Pinochet. Esa misma técnica de cambio de régimen la han tratado de aplicar, sin resultados, contra los Gobiernos de Correa en Ecuador y Evo Morales, en Bolivia. No obstante lo lograron en Honduras y Paraguay.
En Venezuela, donde la oligarquía vende patria que compraba el papel sanitario en Miami, había entregado los recursos del país a las empresas yanquis, mientras el 80% de la población vivía en la pobreza, ha sido blanco preferido de su agresiva política golpista, a pesar de que su Gobierno ha celebrado innumerables elecciones con observadores extranjeros certificándolas. Pero difícilmente el pueblo bolivariano, sintiéndose dueño de su destino, se deje arrebatar el poder. En otras partes del mundo han tratado de promover cambios de gobiernos con las revoluciones de colores y en los países árabes se montaron sobre las llamadas “primaveras”, que nada tenían de tal cosa.
En Cuba, conocemos bien la democracia yanqui, así como conocemos que desde principios del siglo XIX, ambicionan apoderarse del país. Nuestras discrepancias no son solo ideológicas, se trata de un problema histórico de independencia nacional y hay conciencia, hasta en los niños, que con eso no se puede jugar. Después de más de medio siglo de intentar destruir nuestro sistema por vía violenta, ahora han reconocido su fracaso e intentan probar por otra vía.
Los Derechos Humanos, el jinete número dos, lo proclaman como si ellos fueran los creadores de este concepto, y también enjuician a otros países por su cumplimiento o no. Claro que con un doble rasero. Con enorme hipocresía no se enjuician ellos mismos por el abuso policial y discriminatorio que ya resulta escandaloso, y que solo en el último mes causó la muerte de varios jóvenes negros. El maltrato y la tortura de los presos es cosa común.
Exhiben como si estuvieran por encima del bien y del mal, el campo de concentración en que han convertido la base naval de Guantánamo, territorio cubano ilegalmente ocupado, donde encarcelan a un grupo de prisioneros sin ningún derecho legal. Allí hay secciones secretas en las que no se conoce a quienes mantienen. Máximos dirigentes de ese país como el presidente George W. Bush y Richard Cheney, defendieron la aplicación de técnicas de tortura a estos prisioneros. El presidente Obama, aunque ha prometido cerrar tan infame instalación, no lo ha hecho.
Pero también han instalado cárceles secretas en otros países y han utilizado vuelos especiales para conducir en secreto a prisioneros de Iraq, Afganistán y otros países del Medio Oriente, con la complicidad de socios europeos. Es conocida la aplicación de la técnica del waterboarding, la cual produce la sensación de ahogamiento a la persona torturada.
De forma consciente, tratan de confundir y hacer ver que cuando se refieren a “derechos humanos”, se trata de derechos políticos y civiles. Acusando a quienes les convenga, de falta de libertad para reunirse, organizarse, escribir y publicar, etc., ya que por esta vía intervienen en los asuntos internos de otros países con el objetivo de desestabilizarlos y propiciar un cambio de régimen. A esta labor dedican multimillonarios presupuestos.
El Terrorismo, al cual el presidente George W. Bush, dijo haber declarado la guerra después del ataque a las Torres Gemelas en New York y al edificio del Pentágono en Washington, el 11 de septiembre del 2001, fue creado por ellos, para hacer la guerra por esta vía a las tropas soviéticas que habían ocupado Afganistán. De allí surgieron los talibanes y Al Qaeda, padres del actual Ejército Islámico. Ellos, junto a sus socios de la OTAN, y las petromonarquías del Golfo, han dado entrenamiento, recursos financieros y armamento, para reunir un ejército de extremistas y asesinos, que haga la guerra a Siria, Iraq, Irán y Líbano, promoviendo a la vez enfrentamientos sectarios que benefician sus planes de dividir y debilitar la región, para facilitar sus planes de dominación.
Utilizan igualmente la categoría de “terroristas”, para clasificar a países que no se doblegan y que realmente sufren las consecuencias de su política. A Cuba la mantienen en este listado sin fundamento alguno, mientras brindan protección a connotados criminales como Luis Posada Carriles, autor confeso de hacer explotar un avión comercial de Cubana de Aviación, donde murieron sus 73 pasajeros, así como organizador de una cadena de bombas que explotaron en hoteles y restaurantes de La Habana, en las cuales murió un turista italiano. Muchos como él se pasean por las calles de Miami a pesar de estar sujetos a demandas judiciales por varios gobiernos latinoamericanos.
¿Con qué moral dicen combatir el terrorismo los Estados Unidos?
El doble rasero que practican en estos temas: democracia, derechos humanos y terrorismo, los muestra como una potencia inmoral e injusta, e indefectiblemente los conduce a perder influencia y reducir su poder a nivel internacional.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Libertad de expresión en Veracruz, México

Fernando Inés Carmona compartió el video de XEU Noticias.
24 min


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54 minEditado
En pleno V informe de Gobierno en el Velódromo de Xalapa, se manifestaron con mantas familiares de desaparecidos, a quienes se las arrebataron para evitar que fueran vistas.
pulse aqui:
https://www.facebook.com/xeunoticias/videos/10153813196864309/

lunes, 2 de noviembre de 2015

Evaluación docente


Jorge Luis Borges

Marianna L. Hagmann

Marianna Comparte oara Gtandes Montañas  este texto de Jorge Luis-...
HISTORIA DE LOS ECOS DE UN NOMBRE
Aislados en el tiempo y en el espacio, un dios, un sueño y un hombre que está loco, y que no lo ignora, repiten una oscura declaración; referir y pesar esas palabras, y sus dos ecos, es el fin de esta página.
La lección original es famosa. La registra el capítulo tercero del segundo libro de Moisés, llamado Éxodo. Leemos ahí que el pastor de ovejas Moisés, autor y protagonista del libro, preguntó a Dios Su Nombre y Aquél le dijo: Soy El Que Soy. Antes de examinar estas misteriosas palabras quizá no huelgue recordar que para el pensamiento mágico, o primitivo, los nombres no son símbolos arbitrarios sino parte vital de lo que definen.[1] Así, los aborígenes de Australia reciben nombres secretos que no deben oír los individuos de la tribu vecina. Entre los antiguos egipcios prevaleció una costumbre análoga; cada persona recibía dos nombres: el nombre pequeño que era de todos conocido, y el nombre verdadero o gran nombre, que se tenía oculto. Según la literatura funeraria, son muchos los peligros que corre el alma después de la muerte del cuerpo; olvidar su nombre (perder su identidad personal) es acaso el mayor. También importa conocer los verdaderos nombres de los dioses, de los demonios y de las puertas del otro mundo.[2] Escribe Jacques Vandier: «Basta saber el nombre de una divinidad o de una criatura divinizada para tenerla en su poder» (La religion égyptienne, 1949). Parejamente, De Quincey nos recuerda que era secreto el verdadero nombre de Roma; en los últimos días de la República, Quinto Valerio Sorano cometió el sacrilegio de revelarlo, y murió ejecutado…
El salvaje oculta su nombre para que a éste no lo sometan a operaciones mágicas, que podrían matar, enloquecer o esclavizar a su poseedor. En los conceptos de calumnia y de injuria perdura esta superstición, o su sombra; no toleramos que al sonido de nuestro nombre se vinculen ciertas palabras. Mauthner ha analizado y ha fustigado este hábito mental.
Moisés preguntó al Señor cuál era Su nombre: no se trataba, lo hemos visto, de una curiosidad de orden filológico, sino de averiguar quién era Dios, o más precisamente, qué era. (En el siglo IX Erígena escribiría que Dios no sabe quién es ni qué es, porque no es un qué ni es un quién.)
¿Qué interpretaciones ha suscitado la tremenda contestación que escuchó Moisés? Según la teología cristiana, Soy El Que Soy declara que sólo Dios existe realmente o, como enseñó el Maggid de Mesritch, que la palabra yo sólo puede ser pronunciada por Dios. La doctrina de Spinoza, que hace de la extensión y del pensamiento meros atributos de una sustancia eterna, que es Dios, bien puede ser una magnificación de esta idea: «Dios sí existe; nosotros somos los que no existimos», escribió un mejicano, análogamente.
Según esta primera interpretación, Soy El Que Soy, es una afirmación ontológica. Otros han entendido que la respuesta elude la pregunta; Dios no dice quién es, porque ello excedería la comprensión de su interlocutor humano. Martin Buber indica que Ehych asher ehych puede traducirse también por Soy el que seré o por Yo estaré donde yo estaré. Moisés, a manera de los hechiceros egipcios, habría preguntado a Dios cómo se llamaba para tenerlo en su poder; Dios le habría contestado, de hecho: «Hoy converso contigo, pero mañana puedo revestir cualquier forma, y también las formas de la presión, de la injusticia y de la adversidad». Eso leemos en el Gog und Magog.[3]
Multiplicado por las lenguas humanas — Ich bin der ich bin, Ego sum qui sum, I am that I am—, el sentencioso nombre de Dios, el nombre que a despecho de constar de muchas palabras, es más impenetrable y más firme que los que constan de una sola, creció y reverberó por los siglos, hasta que en 1602 William Shakespeare escribió una comedia. En esta comedia entrevemos, asaz lateralmente, a un soldado fanfarrón y cobarde, a un miles gloriosus, que ha logrado, a favor de una estratagema, ser ascendido a capitán. La trampa se descubre, el hombre es degradado públicamente y entonces Shakespeare interviene y le pone en la boca palabras que reflejan, como en un espejo caído, aquellas otras que la divinidad dijo en la montaña: «Ya no seré capitán, pero he de comer y beber y dormir como un capitán; esta cosa que soy me hará vivir». Así habla Parolles y bruscamente deja de ser un personaje convencional de la farsa cómica y es un hombre y todos los hombres.
La última versión se produjo hacia mil setecientos cuarenta y tantos, en uno de los años que duró la larga agonía de Swift y que acaso fueron para él un solo instante insoportable, una forma de la eternidad del infierno. De inteligencia glacial y de odio glacial había vivido Swift, pero siempre lo fascinó la idiotez (como fascinaría a Flaubert), tal vez porque sabía que en el confín la locura estaba esperándolo. En la tercera parte de Gulliver imaginó con minucioso aborrecimiento una estirpe de hombres decrépitos e inmortales, entregados a débiles apetitos que no pueden satisfacer, incapaces de conversar con sus semejantes, porque el curso del tiempo ha modificado el lenguaje, y de leer, porque la memoria no les alcanza de un renglón a otro. Cabe sospechar que Swift imaginó este horror porque lo temía, o acaso para conjurarlo mágicamente. En 1717 había dicho a Young, el de los Night Thoughts: «Soy como ese árbol; empezaré a morir por la copa». Más que en la sucesión de sus días, Swift perdura para nosotros en unas pocas frases terribles. Este carácter sentencioso y sombrío se extiende a veces a lo dicho sobre él, como si quienes lo juzgaran no quisieran ser menos. «Pensar en él es como pensar en la ruina de un gran imperio» ha escrito Thackeray. Nada tan patético, sin embargo, como su aplicación de las misteriosas palabras de Dios.
La sordera, el vértigo, el temor de la locura y finalmente la idiotez, agravaron y fueron profundizando la melancolía de Swift. Empezó a perder la memoria. No quería usar anteojos, no podía leer y ya era incapaz de escribir. Suplicaba todos los días a Dios que le enviara la muerte. Y una tarde, viejo y loco y ya moribundo, le oyeron repetir, no sabemos si con resignación, con desesperación, o como quien se afirma y se ancla en su íntima esencia invulnerable: Soy lo que soy, soy lo que soy.
Seré una desventura, pero soy, habrá sentido Swift, y también Soy una parte del universo, tan inevitable y necesaria como las otras, y también Soy lo que Dios quiere que sea, soy lo que me han hecho las leyes universales, y acaso Ser es ser todo.
Aquí se acaba la historia de la sentencia; básteme agregar, a modo de epílogo, las palabras que Schopenhauer dijo, ya cerca de la muerte, a Eduard Grisebach: «Si a veces me he creído desdichado, ello se debe a una confusión, a un error. Me he tomado por otro, verbigracia, por un suplente que no puede llegar a titular, o por el acusado en un proceso por difamación, o por el enamorado a quien esa muchacha desdeña, o por el enfermo que no puede salir de su casa, o por otras personas que adolecen de análogas miserias. No he sido esas personas; ello, a lo sumo, ha sido la tela de trajes que he vestido y que he desechado. ¿Quién soy realmente? Soy el autor de El mundo como voluntad y como representación, soy el que ha dado una respuesta al enigma del Ser, que ocupará a los pensadores de los siglos futuros. Ése soy yo, ¿y quién podría discutirlo en los años que aún me quedan de vida?». Precisamente por haber escrito El mundo como voluntad y como representación, Schopenhauer sabía muy bien que ser un pensador es tan ilusorio como ser un enfermo o un desdeñado y que él era otra cosa, profundamente. Otra cosa: la voluntad, la oscura raíz de Parolles, la cosa que era Swift.