martes, 21 de abril de 2015

Katarzyna Dembicz Multidimensionalidad de América Latina ¿Efecto mundialización?

Conferencia Magistral de Katarzyna Dembicz

Multidimensionalidad de América Latina ¿Efecto mundialización?


Katarzyna Dembicz (al centro)
momentos antes de entrar al recinto donde dió conferencia

Francisco Javier Chaín Revuelta

Katarzyna Dembicz dictó la Conferencia Magistral Inaugural del Congreso Internacional de Historia donde compartió algunas de sus observaciones sobre América Latina desde la perspectiva geográfica y latinoamericanista.

La disertación se dio en la ciudad y puerto de Veracruz el 15 de abril de 2015 durante el IV Encuentro del Grupo de Trabajo de la Asociación de Historiadores Latinoamericanistas Europeos (AHILA) Trabajo Intelectual, pensamiento y modernidad en América Latina, siglos XIX y XX

La doctora Dembicz es Geógrafa  Latinoamercianista especializada en temas de Sociedad, demografía y desarrollo regional en América Latina, así como en procesos de integración latinoamericana.

Es profesora investigadora en el Centro de Estudios Latinoamericanos (CESLA) de la Uniwersytet Warszawski (Universidad de Varsovia), directora de la revista "Ameryka Łacińska" y Secretaria General de la Red Europea de Información y Documentación sobre América Latina (REDIAL)

Dedicó la conferencia a las ideas surgidas en base del pensamiento de su padre Andrzej Dembicz  (1939-2009)  Geógrafo Latinoamericanista y profesor de la Universidad de Varsovia, quien tuvo estrecha relación con México, la Universidad Veracruzana  y  colegas del Instituto de Investigaciones Históricas y sociales de la UV.

Inició la conferencia agradeciendo a la Universidad Veracruzana la invitación y recordó que su padre ocupó medio siglo de su vida en conocer e investigar Latinoamérica con especial interés en el escenario de una perspectiva geográfica hacia la interdisciplinariedad, guardando siempre una enorme dosis de objetividad en los análisis.

En base a entender la complejidad latinoamericana en una realidad cada vez más globalizada señaló que su trabajo parte de la percepción geográfica del espacio que se encuentra  continuamente transformado por el ser humano.

Por ello propone  reflexionar sobre América Latina y los frutos de las estrechas relaciones entre el mundo latinoamericano y otros mundos.

Explicó el debate sobre el futuro de América Latina como efecto de la mundialización, proceso a menudo entendido como sinónimo de la globalización.

Pero, para las necesidades de la conferencia propuso  diferenciar el uno del otro, por lo cual quisiera ella rechazar el significado de globalización como un proceso meramente contemporáneo de índole económico y financiero y rechazar a su vez la mundialización como un fenómeno de carácter sociocultural efecto de la creciente comunicación, flujo e interdependencia de los países y sus sociedades a escala planetaria.  

Destacó que en los estudios latinoamericanistas no pueden establecerse en paradigmas, cada estudioso deberá desecharlos y aportar sus propias reflexiones.  

Dentro de sus conclusiones destacó que la expresión máxima de la dimensión universal de América Latina es el éxito a escala internacional de la lengua española.

Informó que la población de América Latina no sobrepasa los 600 millones de habitantes, de los cuales, 200 hablan el portugués, sin embargo hoy el español se ha convertido en la tercera lengua hablada del mundo, después del mandarín e inglés.

Este fenómeno obviamente viene apoyado de la actividad ejercida por el Instituto Cervantes, aunque es gracias a diferentes valores de la cultura popular latinoamericana que el  éxito pudo ser tan grande.

Se declaró convencida que vivimos una reactivación del Latinoamericanismo a escala global.

Opinó que sin duda esto se debe a un dinámico aumento del número de investigadores latinoamericanistas provenientes y formados en América Latina, al aumento de la calidad de los estudios por ellos realizados, a la consolidación de los programas de estudios latinoamericanos en las escuelas de estudios superiores de América latina, desde la licenciatura hasta el doctorado.
Expresó que el reforzamiento del Latinoamericanismo se debe también a la fuerza propia de la región y a su noción de valores como la apertura y tolerancia hacia el otro. 

Se debe al carácter transcultural  de sus sociedades, y gracias a esto, el mundo latinoamericano se expande naturalmente.

Mientras tanto los mundos norteamericano, europeo y asiático se presentan sin dinamia ni fuerza, el primero por su tendencia a la dominación, el segundo por su europeocentrismo y herencia colonialista y el tercero por su aislamiento.

miércoles, 8 de abril de 2015

Sisniega murió a los 53

Sisniega murió a los 53 años en Xalapa, sus alumnos crearon película sobre su vida que exhibieron en la misma ciudad en 2015. Después de leer la nota supe que además de ajedrez jugó  cine,  que declinó el rey en partida frontal contra la menor de las niñas Poland. Decenios atrás Arturo Xicoténcatl del Excélsior preguntó al ruso Petrosián, durante competencia internacional celebrada en México, si  el joven Sisniega, 9 veces campeón nacional, podría ganar el internacional torneo, Tigran lo negó. Tajante dijo que Sisiniega es muchacho bueno y eso lo imposibilita, agregó que para ganar un  torneo, de cualquier juego, se necesita ser desalmado. 


martes, 7 de abril de 2015

Saeta de la tierra de Antonio

 SAETA 

¿Quién me presta una escalera, 
para subir al madero, 
para quitarle los clavos
 a Jesús el Nazareno? (Saeta Popular)

¡Oh, la saeta,
el cantar al Cristo de los gitanos,
siempre con sangre en las manos,
siempre por desenclavar!
¡Cantar del pueblo andaluz,
que todas las primaveras
anda pidiendo escaleras
para subir a la cruz
¡Cantar de la tierra mía,
que echa flores al Jesús de la agonía,
que es la fe de mis mayores!
¡Oh, no eres tú mi cantar!
¡No puedo cantar, ni quiero,
a ese Jesús del madero,
sino al que anduvo en el mar!

Antonio Machado: Campos de Castilla 



domingo, 5 de abril de 2015

Lucio Sergio Catilina: ruido de sables.



http://universalis.mforos.com/1222858/10235870-lucio-sergio-catilina-ruido-de-sables/

#1 · 03/Sep/2011, 00:21
    Corría el año 66 a.C. Marco Tulio Cicerón era pretor en Roma cuando una serie de rumores hablaban de un complot para hacerse con el poder y un nombre sobresalía entre los demás: Lucio Sergio Catilina.
    Los historiadores romanos describen a Catilina como un hombre de ilustre ascendencia, inteligente y culto. Político y militar, había desempeñado el cursus honorum hasta la magistratura de pretor y aspiraba al consulado. Pero al parecer, Catilina no era un hombre bueno; tenía todas esas anticualidades de lo que se consideraba ser un buen romano. Avaricioso, traicionero, pendenciero, había dilapidado toda su fortuna , tenía deudas y codiciaba fortunas ajenas. No tenía reparo en llegar al asesinato para conseguir sus fines, llegando incluso a matar a un hijo suyo porque se oponía a la relación con una mujer, Aurelia Orestila, de la que Catilina se había encaprichado.
    La sociedad romana arrastraba las consecuencias de la guerra civil, era raro encontrar algún joven de la nobílitas que no contara entre sus antepasados alguno cuya cabeza hubiera sido paseada por el foro o condenados al exilio, sus haciendas expropiadas, sus esclavos liberados; muchos eran los que tenían motivo de resentimiento.
    Aquella primera intentona de Catilina pasó casi desapercibida y sin consecuencias, pero atrajo hacia él a todo un ejército de infortunados ávidos de venganza y de hacer fortuna de la manera que se había puesto de moda: matar al propietario y quedarse con sus bienes. Y junto a ellos, otros muchos también deseosos de hacer fortuna con el pillaje, ladrones, asesinos, prostitutas “cuya edad había puesto fin a sus ganancias, pero no a sus gastos”, soldados veteranos que habían agotado el botín de guerra y medraban en la indigencia, etc. Catilina aduló y sedujo a la juventud noble hasta convencerles de matar a sus propios padres … y con estos efectivos, se dispuso a dar su segundo golpe.
    En primera instancia se propuso ser nombrado cónsul en las siguientes elecciones, para lo cual fue atrayendo para su causa al mayor número posible de senadores, de modo que, el año anterior, durante el consulado de Lucio Cesar y Cayo Fígulo, tenía el suficiente apoyo como para garantizarse el nombramiento, y aunque esto no está probado, hay indicios de que contaba con el apoyo de los mismísimos Marco Craso y Julio Cesar. Pero hubo un pequeño contratiempo: a los cónsules elegidos para el año siguiente, Publio Autronio y Publio Sila se les declaró indignos por haberse descubierto que habían sobornado a los electores y Catilina fue acusado de cohecho, por lo que se le impidió presentarse. La vía legal se había truncado, quedaba el plan B, la toma del poder por las armas.
    Catilina y Autronio se pusieron de acuerdo, entre otros, con un tal Cneo Pisón, un militar, y determinaron asesinar a los cónsules y a un gran número de senadores, pero la maniobra fue descubierta y no llegó a tiempo el contingente armado que tenía que ejecutar la conspiración. Pisón, enemigo de Pompeyo, fue enviado a Hispania como pretor y rápidamente asesinado por un contingente de caballería hispana, aliada de Pompeyo.
    Ese año fue elegido cónsul Marco Tulio Cicerón y Catilina puso en marcha de nuevo la maquinaria. Uno de los conjurados era un tal Quinto Curio, que tenía como amante a una tal Fulvia, la cual estaba cansada de él y de su pobreza, así que cuando se enteró de los planes de Catilina, se los contó a Cicerón. (Este detalle tuvo una importante repercusión legislativa, ya que muchos años después, durante la época imperial, se promulgó una ley, que después fue recogida en el Código de Justiniano, que decía: “se permite a las mujeres ejercitar la acusación en causas de lesa majestad, ya que fue una mujer la que acusó a Catilina ante Cicerón”).
    Mientras tanto, un antiguo centurión del ejército de Sila, Cayo Manlio, organizó un ejército con todas esas gentes que he mencionado, en las gargantas de Etruria, dispuesto a entrar en Roma, mientras que Catilina, junto con Cétigo, Cornelio Léntulo y otros, se quedaron en Roma al mando de abundante gente armada. Su plan era asesinar a los cónsules, especialmente a Cicerón, junto con un gran número de senadores, incendiar la ciudad por doce puntos distintos, abrir las puertas de la ciudad a Manlio y tomar el poder.
    Pero Cicerón se adelantó. Aquella noche una ingente cantidad de hombres armados, soldados, libertos leales y hasta cuadrillas de gladiadores, patrullaron las calles impidiendo a Catilina cualquier movimiento. Al día siguiente Cicerón convocó al senado en el templo de Concordia y Catilina se presentó como el que no sabe nada. Cicerón, al verle, sacó las cartas que habían sido interceptadas y otras pruebas y se dirigió a él increpándole con esa insuperable pieza oratoria que conocemos como primera catilinaria: “¿Hasta cuando, Catilina, vas a abusar de nuestra paciencia?, ¿hasta cuando seremos víctimas de tu furor?”. Cicerón va desgranando uno por uno los hechos y afirma. “Esto lo sabe el cónsul y tu aún vives, pero no creas, al fin morirás, cuando a la vista de tus maldades no haya hombre honrado capaz de decir que actué con crueldad, sino, en todo caso, con demasiada tardanza”.
    Catilina huye de la ciudad y va a encontrarse con Manlio; el ejército consular al mando de Antonio, el otro cónsul se lanza contra ellos. Cicerón ordena detener a Léntulo, Cétigo y los demás conjurados que permanecieron en Roma. El senado se volvió a reunir para decidir qué hacer con ellos: habló Cicerón que pidió la pena de muerte. Después habló Julio Cesar, que dijo que la ley Porcia prohibía condenar a un ciudadano romano sin juicio previo, sin permitirle ejercer la “provocatio ad populum” y en su caso, optar por el destierro, y que era mejor aplazar la decisión ya que estando retenidos en la cárcel no había que preocuparse. Después habló Marco Catón, que percibiendo las intenciones de Cesar dijo: “Cuanto menos te preocupas tu, más me preocupo yo” y también pidió la pena de muerte. Cicerón, cansado de darle vueltas al asunto mandó que fueran a la cárcel y les dieran garrote a todos. Así se hizo y les dijo a los padres conscriptos que ya podían dejar las deliberaciones. Al salir del senado, un grupo de hombres armados pusieron sus espadas sobre el pecho de Cesar, pero Cicerón con un gesto les dijo que no le mataran. Cesar le perdonaría a él años mas tarde.
Cuando Catilina se enteró de que no podía esperar refuerzos de Roma, porque allí había fracasado el plan, y viéndose rodeado por el ejército de Antonio, se lanzó a una batalla desesperada en la que absolutamente todos sus efectivos fueron muertos; los cadáveres de Catilina y de Manlio fueron encontrados en el campo de batalla.
orcera1985
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#2 · 08/Sep/2011, 07:19
Catilina y la insurrección del proletariado rural.



La constelación política ofrecía en estas circunstancias un aspecto sumamente característico. Los candidatos a la regencia salían casi siempre de las filas de la alta nobleza y habían iniciado su carrera política bajo la protección del partido del Senado. Sus fines, en los que se mezclaban en un todo indisoluble ambición personal y convicciones políticas sinceras, no podían, por otra parte, realizarse más que al lado de la democracia, la cual solía acoger a estos "desertores" con los brazos abiertos . Era mucho más fácil agrupar al proletariado urbano alrededor de un nombre muy ilustre que alrededor del más generoso programa de un tribuno salido de la multitud anónima.

Además, la democracia no era, como la aristocracia, un partido basado en un programa unitario, sobre una comunión de intereses. Lo que la mantenía unida era algo negativo, la hostilidad hacia el Senado (grandes terratenientes y alta burocracia). Solamente así se puede explicar la alianza entre la caballería (capitalistas) y la multitud proletaria, alianza de la cual sacaba las principales y esenciales ventajas la primera en su lucha de competencia con la aristocracia de quien estaba íntimamente más cerca. De esta democracia burguesa, que indudablemente era más burguesía que democracia, el proletariado, si un día se debía llegar a la lucha decisiva, no tenía nada que esperar.

Sin embargo, la verdadera democracia, la social, no había muerto. El movimiento proletario había fermentado bastante tiempo en el pueblo, menos en la capital —donde a causa de las rencillas y diferencias personales dentro de los partidos, el voto como artículo de comercio tenía un precio más bien alto—, que en las campiñas itálicas. Aquí seguían vagando millares y millares de campesinos, expulsados de sus tierras por Sila, como bandidos sin pan y hogar, reforzados por los veteranos del mismo Sila, quienes habían suplantado antes a los primeros y que ahora debían sucumbir ante el latifundio que iba extendiéndose cada vez más. Mientras Pompeyo se encontraba aún en Asia en lucha contra Mitrídates , la crisis social estalló de nuevo en Italia y violentamente, perteneciendo también esta vez los conductores del movimiento a la alta aristocracia.

Ya a propósito de los intentos reformadores y revolucionarios de Sulpicio y Lépido hemos podido ver qué odiosas caricaturas sabe hacer una historiografía parcial de sus adversarios políticos. Mas ninguno aparece tan desfigurado en las exposiciones y representaciones de aquellos tiempos como el jefe principal del movimiento proletario estallado en el año 63. Su nombre provoca aún hoy casi generalmente una sensación de locura criminal: se trata de Lucio Sergio Catilina, representado con los colores más negros tanto en los tiempos antiguos como en los modernos. Retoño de una de las nobles y antiguas familias de Roma, se había adherido en la guerra civil a Sila como joven oficial y por cierto éste también habrá rendido su tributo al ciego furor partidario de aquella época. Muchas veces tuvo que dirigir ejecuciones punitivas y se puede, pues, admitir que tal vez haya rebasado en severidad y crueldad los límites de lo indispensable; pero el más grave de los reproches que se le hacen, el asesinato de su propio hermano, resulta probado demasiado débilmente para que se pueda repetirlo. El hecho es que, cuando fue acusado por tales ejecuciones conjuntamente con otros oficiales, él solo fue absuelto.

Lo que se nos refiere acerca, de la ulterior vida privada de Catilina, sería realmente espantoso si fuese cierto. Pero hay que observar que los reproches en su contra crecen en el transcurso del tiempo en gravedad y precisión. Cosas que los contemporáneos, a pesar de su encarnizada hostilidad hacia Catilina, no mencionan nunca o refieren sólo como suposiciones enteramente vagas, aparecen en los relatos posteriores como hechos incontrovertibles. Nunca fue llevado ante los tribunales por esos delitos —él habría asesinado a su primera esposa y a su hijastro—, mientras que por otra parte se intentaba, por cierto sin conseguirlo nunca, desacreditarlo con continuas acusaciones ante los jueces. Pero para los historiadores posteriores, la perversidad de Catilina se vuelve un tema obligado de declamación y cada cual se arroga el derecho de pintarlo tan honrrosamente como nadie lo hizo antes. Empero, la fama de Catalina no debió ser antes de su intentona revolucionaria tan mala, ni siquiera a los ojos de su enemigo más encarnizado, Marco Tulio Cicerón . Catilina y Cicerón presentaron su candidatura para el consulado del año 63. Como había también otros candidatos, Cicerón buscó un acuerdo con Catilina para presentarse juntos en una sola lista, pero Catilina rechazó el ofrecimiento, porque le era más simpático otro candidato. Más aún: Cicerón hasta había asumido poco antes la defensa de Catilina, cuando sus enemigos le habían acusado de haber esquilmado a la provincia de África, cuya gobernación tuvo después del desempeño de la pretura en Roma. El testigo de mayor confianza refiere que Cicerón sostuvo realmente la causa de Catilina, obteniendo con un discurso su absolución.

Desgraciadamente, este discurso no está conservado; por él tendríamos un retrato del hombre a quien conocemos, por las fuentes existentes, sólo como un monstruo "a la Ravachol".

Si queremos conocer la causa de esa deformación de la personalidad de Catilina en todas nuestras fuentes, tenemos que tomar como punto de partida su candidatura para el consulado. El vástago de una antigua familia patricia y en el camino de una espléndida carrera, sucumbe en la elección justamente frente a Cicerón, un "parvenú" ambicioso, retoño de una familia de caballeros poco destacada. Este hecho extraño encuentra su explicación en los problemas de la política interna que estaban pendientes en aquella elección. Iba preparándose algo grande. La convicción de que la situación del proletariado urbano y rural requería urgentemente un remedio, había conducido a la preparación de un proyecto, por el cual se promovía la solución del problema de la manera más radical y más amplia.

El proyecto fue presentado por el tribuno Publio Servilio Rulo, un fanático y utopista, pero que tenía indudablemente intenciones muy serias y honestas. Rulo propuso la elección de un Colegio de diez ciudadanos, que debía quedar en función por un período mínimo de cinco años y someter a una revisión radical los títulos de propiedad y posesión en toda Italia. No solamente se debían repartir todos los terrenos del Estado entre los que nada poseían; esta Comisión debía tener también la disposición ilimitada de todos los recursos financieros del Estado para crear, con adquisiciones dentro y fuera de Italia, una gran cantidad de predios. Tratábase evidentemente de un retorno a las ideas graquianas, pero en una extensión mucho más amplia, por cuanto por la transferencia de toda la administración financiera del Estado a aquella Comisión, por el empleo de todos los recursos públicos para las necesidades del proletariado, éste se convertía de hecho, y no sólo en abstracto, en el pueblo soberano de Roma.

Senadores y caballeros estaban amenazados por igual por esta ley. Aunque estaban resguardados contra la venta forzosa y la confiscación, la multitud hubiera llegado por la ley servilla a tal grado de poder en el Estado que ya no habría sido posible gobernarla con carnada tan flaca como lo eran los subsidios en dinero a los clientes, los repartos de granos o los juegos públicos. Pero ante todo amenazaban aridecerse sus grandes fuentes de recursos. Aforos, décimas, botín de guerra, contribuciones, debían, de ahora en adelante, ser invertidos por aquella Comisión en provecho del proletariado. Hasta los generales y gobernadores de provincias, hasta ahora casi completamente independientes, debían en el futuro estar sometidos a un exacto control financiero de la Comisión. Y era evidente que, transcurridos los cinco años, la función de esta Comisión hubiera sido prolongada, de manera que, por la fuerza de la rutina, se habría formado un gobierno colateral permanente, frente al cual el Senado, despojado de la dirección financiera, no hubiera tenido más que una sombra de existencia.


Las exigencias de Rulo estaban basadas en una concepción absolutamente justa y sana. Si se querían distribuir los éxitos materiales de la política imperialista romana lo más equitativamente posible entre todos, no quedaba otro camino que el indicado por Rulo. También en este plan, igual que en las leyes de colonización de Graco y Saturnino, estaba incluido el gran pensamiento político - estatal de la descentralización, entonces accesible a los menos y que lógicamente hubiera tenido que surgir de inmediato de la emancipación de los itálicos. Empero, era justamente la descentralización el punto más apropiado para el comienzo y la intensificación de la agitación de parte de los adversarios. Nobleza y caballería, coaligadas de nuevo frente al peligro común en un bloque tan sólido como nunca lo fueran antes, sabían muy bien que, para determinar "a priori" el destino del proyecto ruliano, bastaba presentarlo en aquella forma ante la plebe urbana, la que en definitiva hacía inclinar en las votaciones la balanza en uno u otro sentido. Cualquier consideración hacia la población no romana era mirada con malos ojos.

Catilina —como resulta de su programa electoral, que nos fue trasmitido, por cierto deformado, por Cicerón y Salustio—, compartía enteramente el punto de vista proletario, es decir, de Rulo. Ambas clases privilegiadas desarrollaron contra la elección de Catilina la más violenta agitación. Su candidato común era justamente el "parvenú" Cicerón, quien fue elegido como representante del "cartel del orden", como él mismo lo llamaba, contra el candidato del proletariado revolucionario o rural. El segundo cónsul, Cayo Antonio, era un correligionario de Rulo y Catilina, pero incapaz, indeciso y ni siquiera seguro, estando más bien inclinado a pasar al campo adversario, si sus intereses personales lo hubieran requerido. En realidad, Antonio no hizo nada en favor del proyecto de Rulo una vez que Cicerón le hubo hecho brillar ante los ojos la promesa de una abundante provisión para el año siguiente. Tanto más fervientemente trabajaba Cicerón. En sus discursos inaugurales ante el Senado y la Asamblea popular combatió el proyecto de Rulo en la forma más resuelta, lo que se explica por el grave peligro que amenazaba los intereses del cartel del orden.

Humillante para la gran masa de la población urbana es, empero, el llamamiento que Cicerón dirigió a los más bajos instintos de la misma.
"¡No vayáis —decía la amonestación de Cicerón— a las colonias de Rulo! Vosotros no sacrificaréis, por cierto, por los duros trabajos de los campos, las ventajas que sólo aquí podéis gozar, vuestra influencia sobre los ciudadanos distinguidos, la vida libre, vuestros derechos electorales, vuestra consideración, la vista de la ciudad y del Foro, los juegos, las fiestas y todo lo que hay de bello en Roma". Se debería pensar que estas palabras son una pérfida deformación o invención de un adversarlo político; pero ellas se encuentran en el discurso pronunciado y publicado por Cicerón en contra de Rulo, y nosotros tenemos aquí un testimonio auténtico de la altura política de aquel "cartel del orden".

A Cicerón no se le puede hacer reproches ni desde su punto de vista fundamental, ni desde el de su táctica, y tanto menos se le puede acusar de inconsecuencia. Por cierto, había ido emergiendo como demócrata y al asumir el consulado se pone a la cabeza del partido del Senado. Pero Cicerón había sido demócrata sólo en cuanto la caballería se había unido por un cierto tiempo al proletariado para la lucha contra la dominación del Senado. Cuanto más innatural había sido esta alianza, tanto más natural fue la coalición del Senado y la caballería, el "cartel del orden", frente a las nuevas ideas social-revolucionarias. Cicerón, el más grande parlamentario de Roma, quien con sus magníficos discursos, llenos de temperamento, espíritu y humor, se embriagaba a sí mismo y a los demás, no era, sin embargo, un hombre de Estado genial. Igual que casi todos sus contemporáneos, tampoco comprendía el nuevo partido, el que, a su vez, era apenas consciente de su homogeneidad. No se encontraba muy bien en la nueva agrupación, la demócrata, considerándola como una anormalidad morbosa y criminal, tal como hace pocos decenios se usaba tratar a la socialdemocracia y especialmente a sus dirigentes salidos de los círculos burgueses. Por lo demás, Cicerón tuvo suerte con sus discursos. El proyecto de ley de Rulo cayó antes aun de la votación y el proletariado itálico se encontraba de nuevo ante la tumba de una esperanza.

Empero, Catilina no se dio por vencido, y al año siguiente se presentó de nuevo como candidato al consulado sobre la base de su programa proletario. En masa llegaron a Roma de todas partes de Italia los proletarios para la elección de los cónsules, pero también esta vez inútilmente, siendo elegidos dos ardientes enemigos de toda reforma. La agitación electoral fue intensísima y la compra de votos no solamente fue consumada, sino hasta aprobada. Pero justamente esta salvaje agitación de los enemigos de la reforma sirvió de lección a los partidarios de Catilina, a quienes también las clases poseedoras, y hasta senadores y caballeros, llevaron ahora un contingente numeroso de "socialmente despertados". Ahora era evidente que nada podía conseguirse por los medios constitucionales y que un cambio podía obtenerse sólo por el camino de la violencia. Para una sublevación armada no faltaban fuerzas. Por doquier vagaban bandas de proletarios, amenazando la vida y los bienes de los habitantes.

Catilina quería evitar, hasta tanto fuera posible, aquel camino. Eran los adversarios quienes deseaban ardientemente el estallido de la revolución, para poder librarse de esta fracción de sus adversarios ya antes del regreso de Pompeyo de Asia. Cicerón llegó al extremo de la provocación y tuvo al fin éxito. Catilina, después que hubo organizado en Roma el partido revolucionario, abandonó la capital y se puso, en Etruria (Toscana), a la cabeza de las más fuertes de aquellas bandas. Intentó convertirlas en un ejército bien ordenado y ponerse de acuerdo con los insurrectos de las otras regiones para un ataque general contra Roma. Mientras tanto se proclamó en la capital el estado de sitio y se armaron varios ejércitos, los que se apresuraron a marchar hacia las regiones amenazadas. Al mismo tiempo se procedió contra los adherentes de Catilina en Roma con encarcelamientos y ejecuciones del todo ilegales . La guerra estalló antes de que Catilina hubiera podido efectuar los preparativos necesarios. Una vez más el "cartel del orden" logró triunfar. Sobre las alturas de Fiésole,. cerca de Florencia, el ejército de los insurgentes quedó destruido (62 a. d. C. ); Catilina cayó y de nuevo el movimiento proletario se encontraba sin conductores.

Catilina, es cierto, se había vuelto revolucionario, impulsado por las circunstancias y por las provocaciones de sus adversarios; pero la revolución violenta había ya llegado a ser un instrumento indispensable de la evolución política. Si quiso llevar un ejército contra Roma, no hizo más que lo que hicieron, antes de él, Sila y Mario y lo que poco después haría Julio César. Por esto no se puede, por cierto, ver en Catilina un criminal. Lo que él emprendió, estaba al servicio de una causa buena, la que le preocupaba más que su propia carrera política. Pero sus adversarios fraguaron las leyendas más estúpidas y más espantosas para desacreditar, una vez por todas, al movimiento proletario, para marcar a fuego el partido del proletariado como el partido de la anarquía, para hacer aparecer su propia lucha contra la reforma social como una lucha contra la subversión. El que quiere aceptar como moneda pura todo lo que Cicerón, su hermano Quinto Cicerón y Salustio, representante de la democracia "burguesa", han recogido e inventado para ese fin, lógicamente tendría que juzgar también a Cayo Graco según las manifestaciones de Cicerón o a Napoleón según las de Volfango Menzel. Empero, si el arte político de Catilina hubiese consistido en asesinar e incendiar, sus partidarios no se hubieran reunido, por años y años, en el aniversario de su muerte alrededor de su tumba para honrar píamente la memoria del caído glorioso, del cual tanto habían esperado. Y muy difícilmente en las elecciones para el año 63 hubieran votado tantos ciudadanos al mismo tiempo por Catilina, el amigo de la reforma, y por Cicerón, el representante del "cartel del orden".

La así llamada "Conjuración de Catilina", cuyo único fin era la elección del jefe del partido para cónsul, nos ha ocupado largamente, por cuanto este hecho constituye la única explosión real de la fermentación proletaria en la época post-silana. Que el éxito faltara, hay que atribuirlo sólo en parte a la imperfección de la organización; en realidad, el movimiento no tuvo el hombre idóneo que supiera tomar las riendas del gobierno con mano firme, con sentido práctico y con amplias perspectivas, en oposición a los poderes dominantes. Ni Rulo ni Catilina tenían esas condiciones. Más aún: desconocieron la situación hasta el punto de considerar la reforma social conciliable con un imperio mundial republicano. Tampoco gozaban del crédito entre la multitud, para poder destacarse con alardes de aspiraciones monárquicas. A una multitud en general y al proletariado romano en particular se imponía al fin y al cabo sólo el hombre de guerra. Si ellos hubieran tenido en sus filas a Pompeyo, el éxito habría sido posible. Tenían lo que faltaba a Pompeyo para erigirse en dueño de Roma: ideas políticas positivas y arrolladuras, mientras que aquél poseía lo de que ellos carecían: los medios del poder, familiaridad con su uso y la fama de irresistible a raíz de sus éxitos militares. Aun cuando la aristocracia temiera una estrecha unión de Pompeyo y el partido de la reforma, este último no quería tener vinculación alguna con aquél justamente a causa de sus veleidades monárquicas, buscando, en cambio, convertir el "Colegio de los diez" en un poder que debía contener no solamente a la camarilla aristocrática, sino también las aspiraciones monárquicas.


"De la historia de la lucha de clases hemos extraído la enseñanza de que el pueblo trabajador debe liquidar el sistema de dominio clasista burgués, y tomar en sus propias manos el poder político y económico" Walter Ulbricht.
Lucio_Aquilio
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#3 · 09/Sep/2011, 19:44
Hola, muchas gracias por tu aportación a mi post. El autor he sido yo, por eso no he puesto ninguna cita, pero su contenido puede refrendarse, entre otros, con historiadores como Apiano, Cayo Salustio y naturalmente Cicerón.
La izquierda radical no puede resistirse a la debilidad de recontar la historia con una verborrea de lucha de clase para fabricar mártires del proletariado y el camarada Catilina como héroe de un protomarxismo a la romana da mucho juego, lo reconozco, pero no se ajusta a la verdad.
Si hablamos de historia de Roma, no podemos cometer un error de anacronismo intentando homologar conceptos modernos con realidades del pasado, cortando lo que sobra con la hoz y metiendo lo que no encaja con el martillo.
Catilina no fue el Che Guevara, a Cicerón no le subvencionó la CIA y Pedro Faura no estaba. Lo siento amigo.
Un saludo.
orcera1985
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#4 · 10/Sep/2011, 04:09
quien habla aqui de la CIA, del che y del marxismo.
Ya sabemos todos que esa no era la epoca. El marxismo, como tu dices, utiliza conceptos ajustados a cada epoca, no hablara de cosas que no existian.
Lo que si existia en Roma, en la baja republica era una lucha social clarisima y evidente, que tomaba la forma o bien de patricios y plebeyos o el nombre de optimates y populares. Catilina, al igual que julio cesar despues, era un popular. Nadie se inventa mas terminos. Ciceron, como muchos otros antes (Sila) y despues (pompeyo) era de la faccion conservadora, pro aristocratica del senado y de la republica. Catilina se intento apoyar en su ejercito personal y en partidarios para dar n golpe de mando a la republica y llevarla hacia la senda de la politica de los populares, cuyos referentes bien pudieran ser los hermanos Graco, si bien no eran senadores si no tribunos, hacia reformas tendentes y apoyadas en el pueblo romano. 
Quiza el articulo use en la introduccion terminologia revolucionaria pero el concepto es claro. La historia tradicional nos ha vendido la imagen del bueno de Ciceron, como el salvador de la republica, cuando lideraba un sistema aristocratico que no llevaba a la verdadera democracia. Los populares, como Catilina unicamente querian dar menos poder a las elites sociales senatoriales romanas. No hay, pues, nada de mentira en el articulo.


"De la historia de la lucha de clases hemos extraído la enseñanza de que el pueblo trabajador debe liquidar el sistema de dominio clasista burgués, y tomar en sus propias manos el poder político y económico" Walter Ulbricht.
Lucio_Aquilio
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#5 · 11/Sep/2011, 12:41

No, no, por favor, si no me parece mal el artículo, además es muy novedoso, porque al parecer Cicerón habría defendido a Catilina en un juicio y aunque el texto se ha perdido, ¡una lástima!, caso de haberse conservado diría lo bueno que fue, aunque nada comparable a lo de la caballería capitalista.
Y volviendo al tema, la cuestión de las llamadas reformas agrarias fue una constante en la historia de Roma. Leyes agrarias hubo al menos doce antes del principado, y muchas se llevaron a cabo.
Pero la que nos ocupa, la Servilia Agraria rogada por Rulo, de la que nos habla el muy esclarecido Sr. Bloch, y que según él movió a Catilina a su noble insurrección y que nunca llegó a ser ley propiamente dicho, era una auténtica locura.
En primer lugar, pretendía subastar una inmensa cantidad de terrenos, haciendas, bienes del estado, botines de guerra y sus correspondientes rentas a cualquiera que pujara, lo que implicaba la descapitalización del estado con poco beneficio ya que en las subastas se coaccionaba para la adjudicación a los amíguetes del poder. Estos, una vez enriquecidos y con el dinero restante, pensaban comprar tierras en toda Italia y crear colonias, lo que en la práctica era una ocupación del territorio por sus partidarios, que supongo que plantarían tomates (que los romanos no conocían), porque en cereales no podían competir con los precios de Egipto y Sicilia.
En segundo lugar, los decenviros no proporcionaban mayor poder a la plebe sino que se lo otorgaban para sí mismos. La ley les hubiera permitido confiscar todas las tierras privadas que quisieran alegando que eran públicas, aunque se podía mantener la calificación de privadas si el propietario daba una cierta cantidad de dinero a los decenviros ( para los pobres, claro); en el inventario figuraba incluso los restos de Cartago.
No puede calificarse de antisocial a quien se opusiera a semejante expolio siendo además cónsul, que debía velar por los intereses de la república.
Cicerón no fue un hombre malo, sino responsable., alejado de demagogias. Un hombre sabedor de que la dilapidación de bienes no suponía el bienestar de los ciudadanos, sino el empobrecimiento de la república.
Catilina fue un burdo golpista que no pudiéndose hacer con el poder por medio de los comicios, optó por tomar las calles y Rulo, cuya familia se había enriquecido con las subastas de las expropiaciones de Sila, (fíjate que curioso ¡), hubiera podido vender y comprar lo que quisiera y al precio que quisiera, obteniendo sustanciosas ganancias de su obra social.
orcera1985
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#6 · 11/Sep/2011, 22:19
Interesante y muy cierto eso que cuentas. Tampoco yo he dicho que Ciceron fuera "malo". No me gustan esos calificativos en la historia, son muy manipulables. Simplemente Ciceron, como tambien los Graco e incluso Catilina a su manera, obedecian a sus intereses de clase, nada mas. Eso puede ser bueno o malo a ojos de quien lo mire, no hay una verdad universal en las reformas agrarias de la epoca romana. 


"De la historia de la lucha de clases hemos extraído la enseñanza de que el pueblo trabajador debe liquidar el sistema de dominio clasista burgués, y tomar en sus propias manos el poder político y económico" Walter Ulbricht.
Pr3toriano
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#7 · 11/Sep/2011, 23:16
Coincido en algún punto del artículo de orcera1985; no obstante creo que la visión marxista para la Historia Antigua es inviable. No ya porque no comparta un ápice de su peculiar visión subjetiva y generalmente sesgada del contexto o de las fuentes, sino porque desde mi punto de vista, no transmite un rigor mínimo analista. Ver en un artículo sobre Catilina expresiones como "proletariado rural", "democracia burguesa" o "ideas social-revolucionarias" sencillamente es inadmisble.
Un saludo

P.D. Bienvenido al foro, orcera1985.


"Cantabrorum et prior acrior et magis pertinax rebellando animus fuit, qui non contenti libertatem suam defendere proximis etiam imperitare temptabant Vaccaeosque et Turmogidos et Autrigonas crebis incursionibus fatigabant." Lucio Anneo Floro
orcera1985
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#8 · 12/Sep/2011, 07:20
gracias pretoriano, un placer compartir pareceres historicos con interesados en la historia. Uno de los pocos lugares serios para debatir.
Coincido contigo en que a veces la historiografia marxista utiliza conceptos errados, pero la esencia de lo que he comentado mas arriba sobre el periodo historico creo que es correcta y adecuada. Un saludo!


"De la historia de la lucha de clases hemos extraído la enseñanza de que el pueblo trabajador debe liquidar el sistema de dominio clasista burgués, y tomar en sus propias manos el poder político y económico" Walter Ulbricht.

María Santísima de la Alhambra (2015)

María Santísima de la Alhambra

web para más fotos:
http://www.ideal.es/fotos/semanasantagranada/201504/04/maria-santisima-alhambra-30103266568979-mm.html#

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Elizabeth Catlett


Elizabeth Catlet


No estoy pensando en hacer
cosas nuevas y diferentes.
Estoy pensando en crear
arte para mi gente.

Elizabeth Catlett

Arte y Pensamiento...

El secuestro de Michel Houellebecq

Naief Yehya

El escritor
No es fácil destacar como el autor más controvertido de Francia, un país que sobresale por su gran concentración de escritores incómodos y provocadores. En pocos años, Michel Houellebecq ha creado un aura de repulsión y admiración alrededor de su obra y de sí mismo. Se trata del escritor más famoso de su generación, quizás el más incendiario y el más honesto. Su poesía, novelas y ensayos tratan de la decepción de las ilusiones de una sociedad abierta, los conflictos de la inmigración y las contradicciones de un país que se quiere incluyente, fraterno, igualitario y libre. Desde su primera novelaExtensión del dominio de la lucha (1994), ha explorado un tono de desencanto nihilista, pesimismo cínico y frustración depresiva que resulta a la vez inquietante y divertido. En su siguiente novela, Las partículas elementales (1998), descuartizaba, entre otras cosas, el idealismo de los años sesenta, las fantasías hippies y la revolución sexual, lo cual le ganó fama de reaccionario, pervertido, misógino y racista. Se volvió autor de culto y vendió más de 300 mil ejemplares. La controversia realmente explotó con su tercera novela, Plataforma(2001), que trata sobre el turismo sexual y en la cual pone en boca de uno de sus personajes comentarios antiislámicos punzantes. En una entrevista declaró:  “La religión más estúpida es el islam.” Fue demandado pero ganó el caso, ya que en Francia se protege la libertad de expresión por encima de las libertad religiosa. El protagonista de su siguiente novela, La posibilidad de una isla (2005), Daniel (el primero de una serie de clones), es un comediante exitoso y millonario que presenta espectáculos donde ridiculiza con ferocidad a los musulmanes. Sin embargo, buena parte del público percibe sus chistes y shows como comentarios irónicos. En 2010 publicó El mapa y el territorio, por la cual ganó el prestigiado Premio Goncourt. Su libro más reciente,Sumisión, fue lanzado el pasado 7 de enero; en él un musulmán llega al poder en Francia en las elecciones de 2022. Houellebecq aparecía en la portada de la revista satírica Charlie Hebdo de la edición del 7 de enero, día en que tuvo lugar la masacre de los dibujantes de esa publicación.
El secuestro
Durante la promoción de El mapa y el territorio, Houellebecq desapareció durante algunas semanas dando lugar a rumores de que había sido secuestrado por fundamentalistas islámicos. El autor reapareció tiempo después y se negó a explicar lo sucedido y provocó más especulaciones. El director, Guillaume Nicloux, parte de ese episodio en su más reciente filme El secuestro de Michel Houellebecq, estelarizado por el propio escritor, en lo que podría parecer un vehículo autopromocional descarado, pero que en realidad es una seca autoparodia. El filme comienza en un tono seudodocumental, casi de cinéma verité, mientras la cámara sigue al autor en su supuesta cotidianidad, sus pláticas con amigos y encuentros con desconocidos. No es un spoiler señalar que el escritor es secuestrado, pero nada en este acto criminal intenta ser remotamente realista. La segunda parte del filme corresponde al secuestro y aquí también los diálogos son improvisados y el desarrollo de las escenas sigue un cauce impredecible e hilarante. El cautiverio le da la oportunidad al desaliñado misántropo Houellebecq de mostrar una caricatura de sí mismo, de presentarse como un tipo frágil y obsesivo, intolerante pero obediente, cínico pero generoso. Los inverosímiles secuestradores mantienen el aplomo, aunque no parecen entender lo que están haciendo, tratan de enseñarle defensa personal y discuten con él sobre una variedad de temas que apenas comprenden. Los días pasan entre comidas familiares y botellas de alcohol. Por lo menos en dos ocasiones, el escritor aparece notablemente borracho e insultando a sus secuestradores y anfitriones. La cinta es de una sinceridad apabullante pero se evade cualquier mención al asunto más controvertido que rodea a la imagen de Houellebecq: su presunta islamofobia. Este es un autor con una inquietante habilidad para el sarcasmo y por lo general este talento requiere de cierto maniqueísmo y reducción al absurdo, que es lo que hace el filme de Nicloux. Lo suyo no es propaganda ni racismo, sino una especie de melancolía que, en vez de llevarlo a la desesperanza, lo hace mofarse de la decadencia de Occidente. Como escribe Adam Gopnik en el New Yorker, más que un islamófobo, Houellebecq “es un francófobo”, un crítico de una sociedad hedonista que quisiera ver convertida en algo más profundo pero es incapaz de creer en semejante fantasía.

sábado, 4 de abril de 2015

Catilina años de transición y la segunda conjuración de Catilina (en memoria de Henrik Ibsen)

Catilina años de transición
Durante el año 64 a. C., Catilina fue aceptado de forma oficial como candidato a las elecciones consulares del año 63 a. C. Se presentó junto a Cayo Antonio Hybrida, del que se sospechaba que había sido uno de los conspiradores. A pesar de ello, Catilina fue derrotado por Marco Tulio Cicerón y Cayo Antonio Hybrida en las elecciones, principalmente porque la aristocracia romana temía a Catilina y sus planes económicos. Catilina promovía las reivindicaciones de la plebe junto a su política económica de las tabulae novae, la cancelación completa de las deudas.
Ese mismo año, Catilina había sido llevado de nuevo a juicio, aunque en esta ocasión por su papel en la represión de Sila. A instancias del cuestor Marco Porcio Catón, todos los hombres que se habían aprovechado de la represión fueron llevados a juicio. Catilina fue acusado de asesinar a Marco Mario Gratidiano, y por pasear la cabeza de éste por las calles de Roma. Otros le acusaban de haber asesinado a muchos otros hombres notables de la ciudad. La más indignante de las acusaciones aseguraba que había asesinado a su propio cuñado y haber pedido su proscripción posteriormente a Sila para hacer de su muerte un acto legítimo. A pesar de todo esto, Catilina fue de nuevo exculpado, aunque algunos conjeturan que esta exculpación se debió a la influencia de César, quien presidía el tribunal.
Catilina eligió de nuevo optar por el consulado. En las elecciones del año 62 a. C., Catilina fue derrotado nuevamente, esta vez por Décimo Junio Silano y Lucio Licinio Murena, lo que quebró definitivamente sus ambiciones políticas. La única posibilidad de obtener el consulado era ya a través de medios ilegítimos: la conspiración o la revolución.
La segunda conjuración de Catilina
Privado de sus apoyos políticos Catilina derivó hacia el populismo más exacerbado, y comenzó a reclutar un nutrido grupo de hombres de las clases senatoriales y ecuestres, descontentos tanto con la política del Senado y de Pompeyo como con la situación económica existente entonces. Publio Cornelio Léntulo Sura, el conspirador más influyente tras Catilina, había obtenido el rango de cónsul en el año 71 a. C., pero se le expulsó del senado por los censores durante las purgas políticas del año siguiente. Autronio también fue cómplice de la conspiración, tras haber sido expulsado del gobierno romano.
Promoviendo su política de condonación de deudas, Catilina reunió a muchos pobres bajo su bandera, junto con muchos de los veteranos de Sila. Envió a Cayo Manlio, un centurión del antiguo ejército de Sila, para liderar la conspiración en Etruria, donde éste consiguió reunir un ejército. Envió también a otros hombres a tomar posiciones importantes a todo lo largo de la Península Itálica, e inició una pequeña revuelta de esclavos en Capua. Mientras el malestar de la población se dejaba sentir por los campos romanos, Catilina hizo los preparativos finales para la conjura en Roma. La acción debía iniciarse simultáneamente en varios puntos de Italia, especialmente en Etruria, donde, como puso al descubierto la rebelión de Lépido, existía un particular descontento entre la población y los veteranos. Sus planes incluían los incendios y la matanza de senadores, tras los cuales se uniría al ejército reunido por Manlio. La revolución -siempre según los planes iniciales- habría de alcanzar finalmente la ciudad de Roma, donde la promesa de un programa social sostendría a Catilina como dictador o como cónsul. Para llevar estos planes a cabo, Cayo Vornelio y Lucio Vargunteio deberían asesinar a Cicerón al amanecer del 7 de noviembre de 63 a. C.
Aunque los políticos populares como Craso y César estuvieron al corriente de la conjuración parece lo más probable que permanecieran alejados de ella, por considerar los planes demasiados radicales o difíciles de llevar a cabo. Cicerón tuvo, sin embargo, conocimiento de lo que se tramaba cuando Quinto Curio, uno de los senadores, le alertó del peligro a través de su amante Fulvia, lo que lo convirtió en uno de sus informadores. De este modo, Cicerón pudo escapar de una muerte segura.
Poco después, Cicerón denunciaría a Catilina ante el senado en el primero de los discursos de las Catilinarias. De ese momento es una de sus más famosas frases: «Quousque tandem, Catilina, abutere patientia nostra?» (¿Hasta cuando abusarás de nuestra paciencia, Catilina?). Se dice que Catilina reaccionó de forma violenta asegurando que, si él se quemaba, lo haría en medio de la destrucción general. Inmediatamente después de esto, salió en dirección a su casa, mientras el Senado autorizaba a Cicerón a hacer uso del senatus consultum ultimum. Era el 22 de octubre de 63 a. C. Aquella noche, Catilina huyó de Roma bajo el pretexto de que se dirigía a un exilio voluntario en Masilia. Sin embargo, se dirigió hacia el campamento de Manlio en Etruria.
Mientras Catilina preparaba su ejército, los conspiradores continuaban con sus planes. Justamente por entonces se encontraban en Roma dos embajadores pertenecientes a la tribu gala de los alóbroges. Así que a Léntulo se le ocurrió intentar atraerlos a su causa. La idea era que, al estallar la revolución, cruzasen los Alpes con su caballería y se uniesen a los sublevados. Para conquistar su favor, Léntulo se valió de los servicios de Publio Umbreno, personaje conocido de los galos por haber hecho asiduamente negocios en su país y de Publio Gabinio Capito, un líder conspirador de clase ecuestre. Umbreno expuso a los embajadores de los alóbroges toda la conjura, incluyendo nombres, fechas, planes y lugares. A fin de convencerlos les narró la consabida historia, según la cual los augurios indicaban que Publio Cornelio Léntulo Sura iba a ser el tercer Cornelio que gobernase Roma. De esta manera la conjura fue revelada.
La delegación tomó rápidamente ventaja de esta oportunidad e informó a Cicerón, quien instruyó a los delegados para obtener un provecho tangible de la conspiración. Cinco de los líderes conspiradores escribieron cartas a los alóbroges para que los delegados mostraran a su pueblo que existía una esperanza en esta conspiración, pero estas cartas fueron interceptadas en su camino hacia la Galia en el puente Milvio. Entonces Cicerón leyó estas cartas incriminatorias en el Senado. La sesión senatorial del 5 de diciembrefue decisiva: en ella Catón solicitó la pena de muerte para los conjurados, que Cicerón aplicaría inmediatamente pese a la brillante defensa realizada por Julio César. Los cinco conspiradores fueron ejecutados sin juicio en la prisión del Tuliano. De esta forma se puso fin a la conjura en Roma.
Tras haber sido informado de la noticia sobre el desastre en Roma, Catilina (declarado hostis desde el 15 de noviembre) y su poco equipado ejército iniciaron la marcha hacia la Galia, para luego volverse hacia Roma en multitud de ocasiones, en un vano intento de evitar el combate. Inevitablemente, Catilina se vio forzado a luchar, por lo que eligió enfrentarse al ejército de Antonio cerca de Pistoria (la actual Pistoia), con la esperanza de que Antonio perdiera la batalla y desanimara al resto de los ejércitos. El mismo Catilina luchó con bravura en la batalla, y una vez constatado que no existía esperanza de victoria, se lanzó contra el grueso del enemigo. En el recuento de los cadáveres, todos los soldados de Catilina se encontraron con heridas frontales, y el cadáver del mismo Catilina se halló adelantado a sus propias líneas. Se le cortó la cabeza y ésta fue llevada a Roma, como prueba pública de que el conspirador había muerto.
Semblanza de Catilina
A decir de Salustio:
Lucio Catilina (...) fue de gran fortaleza de alma y cuerpo, pero de carácter malo y depravado. A éste, desde la adolescencia, le resultaron gratas las guerras civiles, las matanzas, las rapiñas, las discordias ciudadanas, y en ellas tuvo ocupada su juventud. Su cuerpo era capaz de soportar las privaciones, el frío, el insomnio más allá de lo creíble para cualquiera. Su espíritu era temerario, pérfido, veleidoso, simulador y disimulador de lo que le apetecía, ávido de lo ajeno, despilfarrador de lo propio, fogoso en las pasiones; mucha su elocuencia, su saber menguado. Su espíritu insaciable siempre deseaba cosas desmedidas, increíbles, fuera de su alcance. A este hombre, después de la dictadura de Sila le había asaltado un deseo irreprimible de hacerse dueño del Estado y no tenía escrúpulos sobre los medios con los que lo conseguiría con tal de procurarse el poder. Su ánimo feroz se agitaba más y más cada día por la disminución de su hacienda y por la conciencia de sus crímenes, incrementadas una y otra con aquellas artes que antes he señalado. Le incitaban además las costumbres corrompidas de la ciudad echadas a perder por dos males pésimos y opuestos entre sí: el libertinaje y la avaricia. Puesto que la circunstancia ha traído a colación las costumbres de la ciudad, el asunto mismo parece aconsejarnos volver atrás y explicar brevemente las instituciones de los antepasados en paz y en guerra, cómo gobernaron la República y cuán grande la dejaron para que poco a poco se transformase de la más hermosa y excelente en la peor y más infame.
La Conjuración de Catilina, V
...su espíritu impuro, hostil a los dioses y a los hombres, no podía tranquilizarse ni en la vela ni en el reposo, hasta tal punto el remordimiento corroía su alma sobresaltada. Así pues, su color era pálido, su mirada repulsiva, su andar unas veces rápido y otras parsimonioso; en su aspecto y en su rostro se evidenciaba inequívocamente la locura.
La Conjuración de Catilina, X

Nota:
  1.  En varias publicaciones se han planteado objeciones a la realidad de la conspiración. Una de ellas es "El asesinato de Julio César: Una historia del pueblo de antigua Roma", 2005, ISBN 84-95786-72-9 [1], que recoge opiniones de Arthur D. Kahn (The education of Julius Caesar) y K. H. Walters (Cicero, Sallust and Catiline).

viernes, 3 de abril de 2015

Primera Conjuración de Catilina (en memoria de Ibsen a 187 años de su nacimiento)

Con toda probabilidad, Catilina no estuvo involucrado en la que se daría en llamar . Sin embargo, muchas fuentes históricas le implican en la misma. Además, no parece suceder sólo en una fuente, sino que esta implicación se presenta en todas las fuentes, lo que a pesar de todo, se estima que no es sino la reproducción de una serie de rumores. Mucha de esta información pertenece a los discursos de Cicerón In Toga Candida, discursos que efectuaría durante su campaña electoral de 64 a. C.
La oligarquía decidió retirar su apoyo a Catilina para ulteriores candidaturas, viéndose así obligado a pasar a la oposición, fue protegido por Craso. Los candidatos a cónsulesPublio Antonio Paeto y Publio Cornelio Sila (sobrino del dictador) tuvieron que renunciar al consulado acusados de soborno masivo. De este modo, los otros dos principales candidatos, Lucio Manlio Torcuato y Lucio Aurelio Cota serían los cónsules del año 63 a. C. Supuestamente Catilina, ofendido por no permitírsele el acceso al consulado, conspiró con Cneo Calpurnio Pisón y los anteriores candidatos a cónsules para organizar la matanza de muchos de los senadores y de los nuevos cónsules el mismo día que éstos tomaban posesión de sus cargos. Luego, ellos mismos se erigirían como cónsules y Pisón sería enviado a Hispania para organizar sus provincias.
No está claro del todo quién participó en esta conjuración, que fracasó (como un segundo intento un mes más tarde). Catilina actuó, según todos los indicios, como agente de Craso a fin de que éste, de haber triunfado el complot, hubiese sido nombrado dictador, con Julio César como lugarteniente.
Más tarde, en 62 a. C., Marco Tulio Cicerón defendería a Sila ante el tribunal tras ser acusado de pertenecer a la reciente conspiración. Al final, Sila fue exculpado y Cicerón recibió un importante crédito, que invirtió en una nueva vivienda.